FESTIVAL DE LA INTEGRACIÓN, EL RETORNO Y EL RECUERDO
Palabras de Guido Pérez Arévalo - 21 de diciembre de 2003


Envuelta en las brumas de sus mañanas, Iscalá descansa en el lugar más hermoso de la Cordillera Oriental. En sus laderas soñaron los chitareros con un mundo verde, repleto de espigas que anunciaran el pan de cada día, pero se extinguieron, acosados por el hambre, las epidemias, los tributos y las presiones de los encomenderos. Las investigaciones arqueológicas apenas registran algunos fragmentos cerámicos prehispánicos, hachas líticas y lomas terraceadas.

En su entorno maravilloso se conserva el verde de sus pastos, con los puntos rojos de la frambuesa silvestre; la orquídea de figuras caprichosas, con sus colores mágicos; las aguas transparentes y las aves con plumajes exóticos. Aquí el aire fresco; allá las nubes pasajeras. Y en todas partes: árboles tutelares, sonidos de selva, trinos... Una quebrada cantarina horada el valle y serpentea entre el paisaje…

Un general hizo con sus manos una hacienda y desde allí proyectó su condición de Presidente, después de una guerra fratricida. Iscalá se proyectó en la historia con las luces de aquel hombre y fue, como ahora, emporio de riqueza, porque los ganados se cebaban en las pausas de la guerra. Crecía el trigo y en pan se convertía. Dios mandaba la lluvia y el campesino agradecido se pegaba a su labranza para criar los hijos que llenaron las viejas páginas de los libros de la Iglesia o los protocolos notariales.

La civilización ha marcado su huella en el entorno natural; pero no ha logrado arrancarle sus encantos. Un chorro negro quebró sus lomos para que pasaran los cuadrúpedos modernos, con sus extremidades de caucho, sus estelas de gases tóxicos y sus ruidos contaminantes.

El entorno maravilloso se conserva con sus casas paradas en el tiempo, con sus paredes de tapia pisada, pintadas de blanco y marrón; con sus columnas de madera, con sus cuartos con techos muy altos; con sus corrales rústicos. En los rincones duermen los baúles que le ganaron la guerra a las termitas. Una cinta roja se ha vuelto una corbata para atar viejas cartas de amor o para sostener un fardo de fotografías, tomadas con enormes cámaras de madera y fuelle.

Eso fue ayer, pero es también presente. La Iscalá milenaria, la Iscalá misteriosa, la Iscalá encantada, sigue en su montaña altiva, cargada de sueños y de historia.

Las mujeres, hermosas como la princesa Ilabita que alguien inventó, y los campesinos recios, con herencia de cacique, campean hoy sobre el paisaje para celebrar su fiesta. Una preciosa joven se ha llevado la corona. Será la embajadora de Iscalá, la vocera de su raza y, sobre todo, la embajadora de esta nueva tierra de promisión, que lidera en Colombia los cultivos de hortalizas en invernadero, que proyecta los cultivos de rosas, claveles y astromelias con promisorios resultados.

De esta tierra, sin embargo, lo que más vale es su gente amable y hospitalaria. Con los frutos de la tierra han cultivado también la creatividad y el ingenio; han enriquecido el folclor y fortalecido la cultura regional.

En sus laderas vivió el General Ramón González Valencia y se gestaron los hermanos Briceño, brillantes exponentes de la literatura y la música. A su maravilloso paisaje se han dedicado magistrales composiciones musicales.

El Festival de la Integración, el Retorno y el Recuerdo guarda una honda significación para la vida regional. Felicitemos entonces, a sus organizadores, a su gestor, Reinaldo Pabón Jáuregui, iscalagüero de pura cepa, amante del folclor y dueño de un don de gentes que ha hecho posible la convocatoria de nuestra comunidad para rendirle un tributo a esta tierra de ensueño.

Chinácota, 21 de diciembre de 2003