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Humilde como hijo pródigo,
a tus campiñas hoy vuelvo,
contorno de mis amores,
dulce rincón solariego,
retazo del paraíso,
florido valle iscaleño
cuyas fértiles montañas
descuajaron mis abuelos,
tus montañas tan repletas
de arcanos y de misterios,
de consejas y leyendas
que ponían temblor de miedo
en el alma de los niños
y en el alma de los viejos.
Aun hoy persisten aquellas
historias y aquellos cuentos
de almas en pena, de brujas,
y de duendes y de espectros;
así en las noches sin luna,
turbando el hondo silencio,
aún se escucha el alarido
de la "gritona" en el yermo
camino de la hondonada,
y con horrísono estruendo
pasa la "nula maneada''
entre un aullar de perros.
Y retorno
a tus alcores
saturado de recuerdos,
de saudades olorosas
a llanuras y barbechos,
a a tierras recién segadas
a mastranzo y a poleo,
a curubas en sazón,
a musgos y crisantemos,
a saudades y juncos
nacidos en los esteros,
a mujer joven y virgen,
a recental de carnero,
a roza enantes quemada,
a maizales verdinegros.
a festival campesino,
a fandango bullanguero,
a arrayanes florecidos
junto a balsámicos huertos,
a terreno removido
y en amplios surcos abierta
sobre la eglógica pampa
por la reja del boyero.
Sobre una
verde colina,
al abrigo de los cerros,
desde los tiempos de antaño
se alzaba el rancho paterno
con su techo de rastrojo,
sus anchos pretiles pétreos,
sus bajareques pintados
de blanco armiño perpetuo,
su aledaña corraleja
de enchiquerar los terneros,
y un vergel que trascendía
a jazmines y romero.
Un olivo centenario
que le dio su nombre al predio
vigilaba la heredad
como centinela atento
y siempre insomne, lo mismo
en verano que en invierno,
desafiando temporales,
borrascas y helados cierzos,
Entre tumbos
y retozos
un minúsculo riachuelo
desde el filo de la sierra
bajaba al valle corriendo.
De sus aguas cantarinas
en el rutilante espejo,
que copiaban las montañas
y el límpido azul del cielo,
solían mirarse asombrados
irresolutos, perplejos,
mariposas y libélulas,
tábanos y tominejos.
Tras de recorrer aprisa
su tortuoso derrotero
el pequeño manantial,
siempre ladino y travieso,
junto al rancho se lanzaba
a la alberca turbulento
y desde allí con sus notas
de su alegre ronroneo
en las noches estivales
arrullaba nuestro sueño.
Fue allí
donde vine al mundo
hace ya bastante tiempo,
sin títulos de nobleza
o de algún rancio abolengo,
Nací, como Cristo, en una
cuna de pajas y helechos,
y en torno de ella inicié
mis primeros correteos
o retozos que fingían
los de un trompo tatareto.
Y allí escuché de los labios
de mi abuelito materno
mil graciosas aventuras
del tigre, el león y el conejo,
del pillo Pedro Urdemalas,
y del perro y del jumento,
y del bobo que ganó
una princesa y un reino,
por el corcel que tenía
siete pintas en el pelo.
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Cabe el
cerro de Ilavita
de nuestro rancho no lejos
en casona señoril,
de muy nobiliario aspecto,
habitaba el General
e hijodalgo caballero
Ramón González valencia,
Bayardo de nuestro suelo,
conductor de multitudes
varón sin tacha y sin miedo
con cuyas barbas fluviales
solía retozar el viento
cuando él recorría a caballo
sabanas y vericuetos.
De este General contaban
que en los combates, enhiesto
sobre su piafante potro,
para pasmo de su ejército
se abalanzaba a la lid
con asombroso denuedo,
y mientras lluvia de balas
ensombrecían el terreno
vapulaba al adversario
con la fusta de su acero,
con su espada fulgurante
como un rebenque de fuego.
Tras de la cruenta contienda
este indomable guerrero
retornaba a las tareas
pastoriles de su predio,
a organizar la peonada,
a lidiar con los muletos,
a apacentar los rebaños
en la paz de los oteros
cabe trigales vestidos
con un color de oro viejo,
a mirar morir la tarde
entre arreboles sangrientos,
a extasiarse oyendo el canto
de mirlas y miracielos
que alegraban con sus coros
las penumbras del barbecho.
Comarca
de mis mayores,
solar alegre y risueño,
bajo el dombo inmarcesible
y azul de su firmamento
yo me convertí en un hombre
nutriéndome de tu seno,
y arañando tu corteza
para arrancarte el sustento
en las labores del agro
mis manos se encallecieron,
y aprendí a elevar a Dios
mi oración en cantos bellos,
bellos cono las zagalas
que en el corral del ordeño
encendidas de rubor
daban gritos de aspaviento
cuando algún golpe de brisa,
desordenado y grosero
les alzaba las enaguas
y luego salía corriendo
remolinando las hojas
caídas de los abetos.
En noches
de plenilunio,
tachonadas de luceros,
de guitarras y bandolas
se escuchaban los arpegios
junto a ventanas ornadas
de ababoles entreabiertos.
Y cómo
eran de agradables
esos alegres jaleos
- a veces improvisados -
en Noche-Buena, Año-Nuevo,
en las fiestas de San Pedro,
donde las chicas lucían
sus más vistosos atuendos
y bailaban con los brazos
ceñidos a nuestro cuello
como dogales de gloria
que quitaban el aliento.
Pero de
pronto el destino
insano me aventó lejos
como vilano sin rumbo
que viaja en alas del viento,
durante y lustros y lustros
fui vagaroso, andariego,
por los caminos del mundo
de hondas nostalgias muriendo.
Y amilanado
y roído
por desengaños sin cuento,
humilde, como hijo pródigo,
a tus campiñas hoy vuelvo,
contorno de mis amores,
dulce rincón solariego,
retazo del paraíso,
florido valle iscaleño,
con el ansia de morir
bien aferrado a tu suelo,
como las fuertes raíces
¿e tus seculares cedros.
ÉGLOGA
DE ISCALÁ es una obra del poeta, cuentista, historiador y
periodista chinacotero, HONORIO MORA SÁNCHEZ, nacido como el
mismo lo dice, en la finca ''El Olivo", de nuestra vereda de Iscalá.
Reinaldo Pabón Jáuregui
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