RAMÓN GONZÁLEZ VALENCIA
Por: Antonio Ramírez Merchán
Leída en la finca "La Primavera" el 8 de octubre de 1979.
(Publicada en la Gaceta Histórica No. 100 1984-1985, Academia de Historia de Norte de Santander)

Sin presumir de historiógrafo, deseo trazar en breves rasgos la semblanza del señor General Ramón González Valencia, con motivo de conmemorarse el cincuentenario de su muerte, acaecida en la ciudad de Pamplona, el 3 de octubre de 1928.

Por cuanto unas de las principales fuentes de la historia, son los documentos que transcritos de una generación a otra, dan plena fe y como el deber del investigador, es el de descubrir la verdad, me voy a permitir aclarar algunos aspectos relacionados con la fecha y lugar de nacimiento del egregio patricio nortesantandereano, y que se desprende de los siguientes testimonios:

"En la parroquia de Chitagá a ocho de junio de mil ochocientos cincuenta y uno yo, el Cura propio puse óleo y crisma a José Rafael Ramón Eufracio de Jesús González que nació el veinticuatro de mayo del mismo año, legitimo del doctor Rafael González y Susana Valencia. Abuelos paternos: Francisco y Mariana Rodríguez. Maternos: José y María Gertrudis Bautista. Padrinos: Pedro León Canal y Gabina González. Doy fe. Nepomuceno Landazábal. Pbro". Libro 4 Bautizos - Folio 32 No. 119.

Esta partida de nacimiento viene a confirmar, precisamente lo dicho por el mismo General en carta al señor Nemesio Parra, fechada el 20 de septiembre de 1911, en cuyos apartes principales relacionados con su nacimiento, dice:

"Cuántas veces después he pasado por Casa de Teja y no he podido menos de revivir aquella estrofa de Gutiérrez González:

Hoy todavía de ese techo se levanta, blanco, azulado el humo del hogar; ya ese fuego lo prende mano extraña, ya es ajena la casa paternal.

Sigue el texto de la carta que es un valioso documento, escrito de puño y letra del General; y en un párrafo donde vuelve a hacer reminiscencias de la tierra solariega, dice "En tiempo en que no tenía tantos gastos como ahora y cuando todavía tenía la fortuna que perdí en la empresa de Tamalameque, pensé comprar la casa en que vila primera luz y reconstruirla".

El genearca de los González, fue don Francisco González, oriundo de Sevilla, en España. Vino a la América de oficial Real del Tesoro, cuyo destino en aquellos tiempos tenía grande importancia y no se confería sino a los Notables del Reino.

A su muerte dejó cuantiosos bienes, que fueron rico patrimonio de dilatada descendencia. Casó con doña María Antonia Cote, oriunda de Pamplona y descendiente de Notables familias españolas.

De este matrimonio nació Manuel Francisco González Cote, quien se casó con doña Mariana Rodríguez Terán, natural de Ocaña, hija de don Antonio Rodríguez Terán y doña María Francisca Valencia, natural de Pamplona.
Del anterior matrimonio nacieron 13 hijos, que fueron Nicolás Andrés, Vicente (éste fue prócer de la independencia), Víctor, Ambrosia, Raimunda, Carmen, Eustaquio, Juan, Francisco, Rafael, Manuel María y Manuel.
De los 13 hijos anteriores. Rafael González Rodríguez casó con doña Susana Valencia y Bautista, de este matrimonio nacieron 6 hijos que fueron: Ramón, Mariana, muerta en agosto de 1902, Luis Eusebio, José María, Cecilia y Gertrudis.

Ramón González Valencia casó en Pamplona, con dona Amontonia Ferrero. "En la Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen de Pamplona, a diez de mayo de mil ochocientos ochenta y ocho, presencié el matrimonio de in facie eclesiae contrajo Ramón González natural de Chitagá y vecino de Chinácota: hijo legítimo de Rafael González y Susana Valencia con Antonia Ferrero, natural de Cúcuta y vecina de esta parroquia; hija legítima de Carlos Ferrero y Carmen Atalaya. Testigos Trinidad Perrero, Tulia Ferrero y Gertrudis González. No hubo impedimento, Domiciano A. Valderrama". Archivo parroquial del Carmen Libro 7 Folio 182.

Hijos del General González Valencia fueron: Alicia, esposa de don Gustavo Canal González; Carmen, casada con don Fernando Daza Alvarez; Susanita, muerta en Chinácota en 1917; Rafael, casado con doña Gertrudis Camargo Daza, cuyo matrimonio se efectuó en Chinácota el 26 de abril de 1923: Margot, monja del Sagrado Corazón de Jesús; Carlos, esposo de doña Cecilia González Berti y Matilde casada con don Miguel Serrano.

La historia no se ha de contemplar como un simple juego de ciegas fuerzas y pasiones, desatadas con resultados librados siempre al albur; por el contrario en ella debe reconocer la magistral ejecución de los designios de la Providencia. En este especial caso hemos de ver con claridad el surgimiento de un espíritu recto, noble, levantado, encargado de un menester público de suma trascendencia por los 'momentos tremendos en los cuales le correspondió actuar.

Verdad que la historia es testigo del pasado, modeladora del presente y atalaya de donde vemos todo cuanto es representado en el famoso escenario del mundo, y por ello, esta evocación que hoy hacemos, ha de caracterizarse por el consuelo de la contemplación de una honorabilidad que dejó hondo surco en los espíritus observadores y amantes del engrandecimiento de la nación. Ramón González Valencia, de familia honorable, pues su padre don Rafael González perteneció a esa cuna que diojefes conspicuos a la revolución de la Independencia, donde se depuraron las escorias de una oscura tradición colonialista cuyos descendientes son: por una parte nuestro prócer, y por otra la familia que en Guayaquil lleva con orgullo su apellido. Su madre doña Susana Valencia y Bautista, heredera de una tradición para quienes la llevan. No es la vanidad la que afirma sus ascendentes; la significación, biológica que refleja en los hijos las excelencias de la sangre, un Caldas, nunca pudo venir de una india quichua, ni un Camilo Torres de una ñapanga, ni mucho menos en nuestro Gran Padre Libertador bulló en sus venas sangre de esclavos.

Parte de su juventud la pasó en Chitagá; a la edad de 16 años se matriculaba en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, el famoso, que tantos hombres útiles ha dado a1 país; y que estaba bajo la dirección de su rector el doctor Francisco Eustaquio Alvarez y estudiaba de 7 a 10 de la mañana y por la noche de 7 a 10. Para continuar sus estudios dirigió la siguiente comunicación: Señor Rector y Claustro:

"Ramón González ante Ud. con el debido respeto expone:

Que deseando continuar sus estudios en el establecimiento que Ud. dignamente preside, solicita se sirva poner en conocimiento de la comunidad, mi deseo a fin de que me dé el pase respectivo, y pueda en consecuencia, practicar las diligencias ulteriores que la constitución del establecimiento exige. Recibido hijo del Colegio el 25 de julio de 1860".

En Pamplona, la ciudad de sus mayores, también estudió y concurría al colegio de San José en unión de su hermano José María, más tarde el famoso civilista. Al salir del colegio, empezó a trabajar, para atender a sus necesidades y las de su familia. En el Colegio de Pamplona, estuvo dos años, y luego por sucesos políticos se trasladó con su familia a Cundinamarca. Cumpliendo la ley, como había de llevarla por siempre, pues en todas ocasiones cuando la patria no lo llamaba de la selva de Chane, o de Iscalá para que defendiera sus fueros, todos los momentos de su existencia estuvieron destinados al cultivo de la madre tierra, a la atención de los animales de labor, y fue de los primeros que en el país, se preocupó por el mejoramiento de las razas de ganado, caballar y ovino.

Muy joven desempeñó el primer puesto público, como maestro de escuela, de la aldea del antiguo Chopo, hoy Pamplonita. Luego de este tiempo cuando la familia se traslado a Cundinamarca, y viviendo en Villeta, estuvo trabajando en diversas actividades, tales como la industria panelera en la región de Cundinamarca hasta Facatativa, por entonces mercado de primer orden en este artículo.

En 1876, cuando el clarín de la guerra sonó, el General González Valencia se alistó en Mutiscua con el General Leonardo Canal, en las fuerzas gobiernistas, y sostuvieron en Alto Grande, un combate donde el General Canal fue herido y tornado prisionero, liberado por el valeroso joven teniente, quien lo amparó y lo libró de la muerte. Terminada esta contienda vuelve él a sus faenas de trabajo, y cual nuevo Cincinato, toma en sus manos el arado y la azada del trabajo como hombre de empresa y de intuición, concibió el proyecto de un camino al río Magdalena, y de un ferrocarril de Cúcuta a Tamalameque, supremo anhelo de estas regiones, comunicarse con la gran arteria, fundó una compañía cuyo principal socio fue él, y que operaba con el nombre de Leal González y Compañía. En el año de 1894 se estableció por dicha trocha el tránsito de ganado de la costa con la ciudad de Cúcuta. Mas sobrevinieron las guerras de 1895 y 1899, poniendo fin a tan laudables trabajos, pues los labriegos fueron reclutados y obligados a abandonar sus fundaciones. La compañía empresaria se vio obligada a cancelar dicha obra en la cual había invertido cerca de $ 400.000 pesos, y la guerra consumió la ruina de la empresa.

A propósito de este proyecto sus enemigos lo atacaron en la prensa, y el General le comentaba a un amigo: "He sabido también con suma extrañeza que el señor Caro se opone al proyecto sobre el camino de herradura a Tamalameque, y que lo hace especialmente porque supone que yo soy el principal agraciado en esta empresa. Fuera de que esta es nueva y de que en la que yo tenía parte ya caducó. Es cierto que en la primitiva empresa y por puro patriotismo, en asocio de siete amigos más, tengo invertida una fortuna".

Políticamente empezó a actuar como dirigente, merced a las actuaciones militares y sobre todo por la popularidad que su generosidad le atrajo, ya para 1895 fue elegido por primera vez representante a la Cámara, a la que concurrió en los años 1897 y 1898. Después fue elegido en muchas ocasiones para la Cámara y el Senado, sin que volviera a concurrir.

En la vida del General Ramón González Valencia, se conjugan sucesos inolvidables para el pueblo y para la historia nacional, y especialmente la Nortesantandereana: haber sido un gran guerrero de aquilatadas virtudes patrióticas que le merecieron el dictado del "Bayardo Colombiano" en una de sus alocuciones expresaba: "En el acervo de las glorias de Colombia corresponde porción muy señalada a nuestro Departamento. En Santander, se lanzó el primer grito de independencia, y aquí se escribió con sangre la primera página de nuestra historia; de aquí surgieron en la guerra magna luchadores y adalides esforzados; aquí vieron la luz Santander, el primer hombre público de la Nueva Granada; García Rovira, el mártir del acrisolado patriotismo; Antonia Santos, la heroína incomparable, y Mercedes Ábrego, la víctima de genuina exaltación republicana; aquí se levantaron patíbulos, se libraren sangrientos combates, se ejercitó en distintas formas la saña de los pacificadores; pero nada pudo nunca quebrantar la virilidad santandereana, que fue entonces sostén del patriotismo y es hoy prenda de victoria en el campo del progreso".

Del General Ramón González Valencia puede decirse que sus amigos y correligionarios le raparon de sus manos los instrumentos agrícolas para obligarlo a empuñar la espada, que como extraordinario guerrero esgrimió siempre victoriosa y lo invistieron con la toga de la primera magistratura de la República. Asistió a la mayor parte de nuestras contiendas civiles. Sus actuaciones militares, fuera de las guerras del 76, 85, y 95, en realidad fueron las de la guerra de los mil días. En el combate de Peralonso, en donde actuó como comandante en jefe, siguió las peripecias de esa larga y cruenta guerra hasta que vino la gran batalla de Palonegro, en donde su actuación al frente de la tercera división fue definitiva, según el parecer del General Próspero Pinzón. Con heroicos soldados del Norte del país, y con el valor heredado de sus antepasados, después de esta victoria la tercera división se traslada para rescatar a Cúcuta, fuerte de la revolución, y por allí el General González Valencia cumplió con el deber de humanidad, impidiendo se cortara el agua a los sitiados. Luego tuvo que marchar al centro del país, amenazado por el ejército y bien organizado por el sin igual jefe General Rafael Uribe Uribe, quien tuvo la concepción de marchar por las llanuras orientales, y llegar al corazón de la nación, más allí estaba el insomne jefe, y en el combate de San Miguel, triunfó nuevamente.

Después de este combate y en oficio dirigido al General Juan Francisco Mantilla, fechado en Fómeque el 27 de marzo de 1902, le comentaba "Heme visto precisado a hacer algunos ascensos; pero por el momento sólo han salido en la orden general los de los Coroneles Manuel María Valdivieso, Pedro Mantilla y Pedro Eduardo Díaz a Generales de Brigada y que fueron aclamados corno tales por el Ejército en el campo de batalla". En la misma orden general en su artículo 439 ordenaba:

"Con pena degrada esta a soldado al subteniente Lorenzo Ríos, del batallón Ospina, por el acto cobarde y salvaje de asesinar un prisionero, ya cuando éste se encontraba en las filas de nuestros soldados y perfectamente indefenso". Si su espada fue rayo luminoso que guiaba a sus compañeros a la victoria o a la muerte, también censuraba y castigaba todo acto indebido, jamás conoció la venganza, ni la murmuración, ni los odios se abrigaron en su pecho, ni la ingratitud en su alma.

Fue el militar generoso y moderado de la guerra civi], que ya aproximaba a una duración de tres años, y a la urgencia de que por humanidad y por patriotismo se llegase a un acuerdo pacífico.

El doctor Foción Soto, subdirector de la revolución de Santander, le dirigía comunicación fechada en Gachalá el 27 de marzo de 1902, entre otras cosas le decía:

"Ignoro cuál es mi campamento", dijo Ud... según me informaron cuando empezó la guerra. Y aún cuando esa frase no fuese suya, es lo cierto que ella tradujo y traduce todavía el estado de ánimo de muchos conservadores: tan visible así es y ha sido la justicia de nuestro alzamiento… Pues ¿que es lo que reclama el partido liberal?: garantías individuales y políticas... El partido liberal, por su parte, hará cesar la guerra tan pronto como se le oiga, y se le haga justicia, o se declare siquiera la intención de hacerla, y se garantice suficientemente la promesa. En mérito de lo expuesto, lo invito a Ud. para que interponga su influencia a fin de formar una comisión compuesta de liberales y conservadores, con el objeto de estudiar bases para un arreglo que evitará mayor efusión de sangre y el total aniquilamiento de la riqueza nacional…''

La guerra parecía inacabable y el país seguía desangrándose y empobreciéndose. La guerra de los tres años causó daños incalculables: en los campos de batalla perdieron la vida cien mil o más hombres; muchos quedaron con lesiones e imposibilitados para el trabajo; el comercio estaba arruinado; las comunicaciones eran muy difíciles; la producción casi nula. El General Ramón González Valencia, firmaba el tratado de paz el mismo día que se firmó el famoso tratado de Wisconsin con el General Benjamín Herrera el 21 de noviembre de 1502: "Los infrascritos, a saber: Ramón González Valencia, Gobernador, Jefe Civil y Militar del Departamento y Comandante en Jefe del Ejército de Santander, ampliamente autorizado por el Gobierno Nacional, por una parte; y por otra Ricardo Jaramillo y Ricardo Tirado Macías, en representación del Sub-director de la Guerra, señor doctor Foción Soto, autorizado éste también debidamente por el señor General Gabriel Vargas Santos, Director General de la guerra y del Partido Liberal, con el objeto de poner término definitivo a la actual contienda armada en todo el territorio de Colombia, hemos convenido, después de canjeados y hallados bastantes los poderes respectivos, en celebrar un Tratado de paz en los términos y cláusulas siguientes: la) Los revolucionarios depondrán las armas y las entregarán al Gobierno, lo mismo que todos los elementos de guerra de cualquier especie que tengan en su poder. 2a) El Gobierno expedirá Decreto de carácter provisional legislativo por el cual se conceda amplia amnistía a cuántos directa o indirectamente hayan tomado parte en la revolución".

Cuando se quiso juzgar en un Consejo de Guerra al General Rafael Uribe Uribe, el General Ramón González Valencia, se opuso a ese acto, fruto de las pasiones políticas, he aquí su famoso telegrama:

"Pamplona 4 de noviembre de 1902. Urgentísimo. General Juan B. Tovar. Barranquilla. El ministro de guerra, en telegrama de fecha 30 del pasado, te ordena el inmediato juzgamiento de Uribe Uribe en consejo verbal de guerra, y el cumplimiento inflexible de la respectiva sentencia. Demasiado sé que tú, militar pundonoroso y hombre de honor, que has pactado con aquel jefe revolucionario un tratado de paz, no echarás sobre ti en ningún caso y por ningún motivo, la afrentosa responsabilidad del cumplimiento de semejante orden que implica una monstruosa perfidia de que, para honra de la patria colombiana, no hay ejemplo en nuestra historia política. Hoy mismo dirijo al Excelentísimo señor Vicepresidente de la República enérgica protesta en nombre del ejército y pueblo de Santander. Por mi parte, haré todo esfuerzo para evitar que sobre el partido conservador caiga tan poderosa responsabilidad. Abrázote. Afectísimo amigo".

Cumplió estoicamente con su deber para consigo mismo, lo cumplió para con su familia, conservó la serenidad, la gallardía, la ecuanimidad, la rectitud, la paz inalterable del hombre que no tiene sino un sólo ideal: el bien de la patria; un sólo criterio: la rectitud; y un sólo juez: la conciencia.
Podemos afirmar hoy lo que Cantú dijo de Bolívar: "Feliz el hombre a quien no se puede juzgar mal de sus hechos, sino cuando más de sus intenciones".

Verdaderamente se le puede titular el caballero sin tacha. Firme y sencillo como un prócer del Lacio Antiguo, amó la tierra nutricia, de cuyos senos fecundos apenas pudo apartarlo el servicio desinteresado de los grandes ideales ciudadanos, en las horas de confusión y de peligro para volver a ella, tras la brega, con las manos limpias y el corazón sin contumelia y sin rencor. El prestigio de su espada, que arrebataba tras sí las muchedumbres en las batallas por la República, no se usó nunca en azares oscuros y tortuosos, sino que fue siempre sostén angular de las tradiciones civiles de Colombia.

Cuando los vientos de la paz, soplaron sobre el país, él pensaba dejar las armas y volver a sus faenas agrícolas; sobrevino entonces, otro hecho que causó a ]a patria daño irreparable: la secesión de Panamá. Y con su tercera división se alistó para dominar a los sublevados.

La consagración al bien público es una virtud eminentemente patriótica; es una disposición constante a consagrar nuestras fuerzas y nuestra actividad al bienestar y a la honra de la patria, a sacrificar nuestras personales ventajas a utilidad común; es el sacrificio desinteresado y espontáneo de nuestro tiempo, de nuestra fortuna, de nuestra tranquilidad individual, es la ofrenda voluntaria que se deposita en el altar de la patria; y cuando ésta se halla en peligro, cuando los enemigos la amenazan, exige grandes y costosos esfuerzos; el verdadero patriota, el amante del bien público, se sacrifica sin murmuración y sin quejarse de los males que la guerra trae consigo; ve en dónde está el peligro y corre a vencerlo y dominarlo; sabe en dónde está el mal y vuelve a impedirlo, y todo lo demás le importa poco. En Ramón González Valencia es innato el amor a la patria, y el amor al bien público en todas sus diferentes manifestaciones.

En una concentración patriótica en Pamplona, pronunciaba entre otras las siguientes palabras:

"Por mi parte, señores, no obstante la fatiga y el cansancio que me abruman, no obstante las esperanzas que abrigaba de retiro completo a alguno de mis campos en pos de apetecido descanso, aquí me tenéis, a vuestras órdenes; dispuesto estoy a todo y me sacrificaré gustoso si antes puedo ver cómo mis compañeros continúan la lucha, y alcanzo a contemplar siquiera allá a lo lejos, la empresa de nuestra redención. Me siento, como os he dicho, fatigado, y sólo habían sido mis anhelos el descanso; puedo, si vosotros me lo permitís, comparar mi situación a la del que termina largo y penosísimo viaje, cuando las pisadas de mi caballo revelaban a los queridísimos miembros de mi hogar mi llegada, cuando estos amantes seres sollozaban con tan fausta noticia y palpitante de gozo abrían los brazos para recibirme: cuando yo impulsado también por los mismos sentimientos estimulaba mi corcel y alborozado y feliz me preparaba a rendir la que yo creía mi última jornada para entregarme a los deberes de mi familia y disfrutar del único bien a que aspiro en la vida, siento de repente que alguien me alcanza un pliego que contiene orden perentoria de contramarcha, y antes, pues, de recibir la sombra, bienhechora del techo que abriga los encantos de mi existencia; antes de traspasar aquel umbral del amor y la amistad; antes de ver y acariciar tan caros seres, vuelvo la brida para lanzarme presuroso a cumplir deberes más sagrados, los deberes que la Patria impone.

Después de aquel desastre se advertían síntomas de bonanza con el apaciguamiento de los odios, deja las armas y regresa a sus faenas agrícolas de Iscalá; encontró todo en el más completo abandono, la desolación apoderada de sus antes fértiles campos; mas su energía y su voluntad vencieron pronto estos obstáculos, y nuevamente hizo florecer su haber. Alejado por completo de la milicia y aún de la política.

Allí lo sorprendió su elección para Vicepresidente de la República, su popularidad en este último cargo alarmó al Presidente General Rafael Reyes, quien puso en juego diversas influencias para obtener su renuncia. El General González Valencia tuvo una entrevista en Duitama con el Delegado Apostólico Monseñor Ragonessi y el doctor Luis Martínez Silva. Luego de largas conversaciones Monseñor logró obtener las medidas oficiales por parte del general González Valencia. La presentación de ésta en aras de la paz es timbre de su patriotismo, y desde Duitama pasó el siguiente telegrama:

"Por la tranquilidad de la patria y por las altas conveniencias del partido, me despojo hoy espontáneamente ante la nación, de la dignidad con que ésta, sin merecimiento de mi parte, me invistió".

Veamos lo que le comentaba el General Rafael Reyes a un amigo:

"Sucedió un hecho en el que tuve que desarrollar mis inclinaciones al maniobrerismo. El general González Valencia, que tenía más prestigio que yo, dentro del ejército y en las filas conservadoras, se negaba a presentar renuncia de su cargo, de vicepresidente. Esa actitud de González Valencia me impedía cerrar el círculo de mis programas. Me limitaba, para ser franco. Ordené el sondeo del general y de esa encuesta resultó, que si yo lo presionaba demasiado, el general se me retacaba, y entonces sí, se armaba la grande. Los clérigos, cuando tienen las franjas rojas del obispado, son dignos sucesores de los más avezados intrigantes de la cristiandad. Monseñor Ragonessi, nuncio de su santidad, era un italiano enchapado con las finuras y las exquisiteces mentales de su patria y con más labia y recovecos que las catacumbas. Ragonessi, desde que llegó a Bogotá se hizo mi amigo. Y no veía la hora de servirme. Lo llamé y con ese lenguaje, que ya debe haberse vuelto internacional, de puro usado, es decir, el de las medias palabras, lo puse en conocimiento de la situación. El tonsurado me pidió que le diera a un civil de escolta y de colaborador. Agregué a Carlos Martínez Silva a la campaña para convencer sin estruendo al general González Valencia para que, en rapto de generosidad partidista, me dejara las manos libres, con su renuncia. A monseñor, le insinué con mucho tino que si veía la batalla perdida, recurriera al instrumento de los afectos y sin ser muy enfático, le puse el argumento más elemental: si González no deja la vicepresidencia, me veré en la penosa necesidad de recurrir al liberalismo, para alcanzar la realización de mis proyectos. La cita fue en Duitama. González Valencia, muy protocolario y conocedor de su gran prestigio, se dejó consentir como la favorita de un harén. Dos días después de la reunión González persistía en no dejar el cargo, Ragonessi tuvo el talento de lanzar el arpón cuando el pez se le escapaba y lo pescó. González anunció: renuncio para seguir sirviendo al gran partido conservador. El telegrama me llegó a la media noche. Lo abrí y me eché la bendición. Santa Rita de Casia, vencedora de imposibles, me había salvado una vez más".

Lejos estaba del ánimo del gran caudillo tal idea; él era amigo de la paz y la legalidad, tampoco su carácter se melló. De sus derechos nada se lesionó. Así demostró entenderlo el mismo Reyes cuando años más tarde, sintiéndose sin el respaldo de la opinión pública, citó a González Valencia a una conferencia en Gamarra, a donde concurrió acompañado del doctor Emilio Ferrero, y de don Agustín Berti. En esta histórica conferencia Reyes ofreció a González Valencia el ministerio de gobierno con carácter de designado para ejercer el poder ejecutivo. González Valencia rechazó de plano, y regresó nuevamente a su hacienda de Iscalá.

El general Reyes, simulando una excursión a Santa Marta iba camino de Europa, y el 13 de junio de 1909, abandonó el país. El Congreso se reunió el 20 de junio y el 3 de agosto eligió al General Ramón González Valencia, Presidente de la República para el resto del sexenio que terminaba el 7 de agosto de 1910.

En las difíciles circunstancias en que se hallaba el país, le correspondió dirigir el retorno del régimen constitucional, devolviendo la tranquilidad a todos los hogares y su saludable actividad a la vida ciudadana y, consiguientemente, dio amplias garantías al adversario, constituyó un Ministerio con ciudadanos notables de los partidos Conservador y Liberal pertenecientes a la llamada unión republicana. Restableció el Ministerio del Tesoro, que centralizó la ordenación de los gastos nacionales; determinó las rentas nacionales y los gastos del servicio público que debía hacer la nación; restableció la división territorial que existía en 1905 de los Departamentos; creación del Departamento Norte de Santander, con su capital en San José de Cúcuta y señaló las condiciones para crear nuevos Departamentos.

Grande esfuerzo costó a la corta administración de González Valencia mantener los servicios públicos mediante economías y sacrificios; la labor era ingrata por falta de medios, con un presupuesto desequilibrado, mermadas notoriamente algunas rentas, comprometidas otras y aumentados los gastos con exceso debido a la situación militar creada con motivo de la guerra. Se vio obligado a licenciar tropas y a reducir el personal del Cuartel General y de los Estados Mayores, la medida se acometió con firmeza. Del ejército regular se licenciaron diez mil hombres y se redujo en gran manera el personal de empleados de las altas asignaciones; de éstas reducciones que se hicieron arrojaban una economía, según el mensaje del Presidente a la Asamblea por un total de $ 45.000 pesos oro mensuales. Convocó una Asamblea Nacional Constituyente, las principales reformas constitucionales fueron:
"Abolición de la pena de muerte; prohibición de toda nueva emisión de papel moneda; reunión anual del Congreso; elección anual de dos designados hecha por el Congreso; elección popular del Presidente de la República, para un período de cuatro años; el Presidente no es reelegible para el período inmediato; prohibición al Presidente o a quien hiciere sus veces, de salir del territorio nacional durante el ejercicio del gobierno y un año después, sin permiso del Senado; la alternabilidad presidencial, impidiendo la reelección para el período inmediato; mayor precisión de las facultades del presidente en caso de guerra exterior o de conmoción interior.

"Tengo el honor, decía el Presidente González Valencia a la Asamblea, de haber contribuido a echar los cimientos de la reorganización militar, la cual tiene por objeto el hacer del ejército una verdadera institución nacional, orgullo del pueblo colombiano y égida de libertades, derechos y deberes. Importante para esta labor ha sido el concurso de la Misión Chilena".

Su administración brilló por su probidad y tolerancia, y enrrumbó suavemente el carro de la República, por su desprendimiento y amor a la paz.

Su último cargo como funcionario, fue el de Embajador Extraordinario de Colombia ante el gobierno de Venezuela; en la administración de Carlos E. Restrepo, regresando al país el 29 de julio de 1911, fijando su residencia en Pamplona, sin abandonar su hacienda de Iscalá que estaba tan ligada a sus afectos familiares, a sus campañas de armas y a sus faenas de trabajo de la tierra.

Concluida y normalizada la vida civil de la República, el General Ramón González Valencia quiso regresar a sus fincas de "La Selva" y "Orope" en Bochalema, pero encontró que uno de sus arrendatarios se apoderó de dicha hacienda tocándole entablar un juicio para poderla recuperar, además la prensa de aquella época y sus enemigos le atacaban en toda forma: "Se me hacen cargos y acusaciones monstruosamente injustos que paso a contestar. Treinta años hará aproximadamente que, en asocio de mí finado tío, el doctor Antonio Valencia, compre a los señores Gabriel Mendoza y Nicomedes Villamizar, los extensos y fértiles terrenos de "Orope", incultos en su mayor parte hasta entonces, y convertidos hoy merced a una labor no interrumpida, sino por nuestras frecuentes y desastrosas guerras civiles, en una de las haciendas más valiosas y florecientes de la provincia de Cúcuta. Allí vivía en completa armonía conmigo hasta la época de la guerra que acaba de pasar, durante la cual determinado jefe revolucionario, cuyo nombre callo por respeto a su tumba por animosidad contra mí, hizo creer a Méndez que si la revolución triunfaba, él sería el dueño de mi propiedad… Ese es el crimen que se me imputa, ese el escándalo de que se ha querido hacer arma política contra mí; y no me ocuparía en contestar, si no fuera porque se trata de mancillar mi honra, que, a Dios gracias, he podido salvar y que debo traspasar ilesa a mis hijos. Aprovecho la ocasión para decir algo de mi hermano Luis Eusebio: si yo le hubiese procurado en alguna vez algún contrato productivo; si le hubiese dado algún destino de gran sueldo de manejo en tiempo de paz, quizá tendrían razón para criticármelo. Pero confiarle un empleo militar como el muy honorífico de Inspector General de la línea de batalla en Palonegro que le diera el General Pinzón, el buen desempeño del cual le valió el ascenso que tan eximio General le concediera... Hacerlo yo jefe de operaciones en alguno de tantos combates como Altoviento y Valladolid en donde entró de los primeros para comprometer así a los demás y tomar como tomaron a fuego y sangre formidables trincheras, es bien digno de censura, por cierto. Criticar cosas como éstas es cometer la mayor de las injusticias. Así podría decir de todos mis parientes, cuya sangre corrió en la Amarilla, Palonegro, Sitio de Cúcuta y Panamá, y si mis hijos hubieran tenido edad de acompañarme, hubieran sido mis ayudantes, como lo fueron, con abnegación y valor, mis sobrinos, mis primos y demás allegados de mi numerosa familia". Y en carta dirigida a su amigo el General José Joaquín Villamizar le decía: "La prensa comienza a maltratarme: era lo que me faltaba y ya sabe Dios las demás pruebas que se me esperan por los sacrificios que he hecho, hasta el extremo de ver amenazada mi familia de hambre porque mi ruina es perfecta".

De los últimos actos de su gobierno, como gobernador de Santander, construyó el Palacio de la Gobernación, conocido como la "Cúpula Chata".

Además desarrolló otras actividades, todas en beneficio de la sociedad en que actuara. El doctor e historiador Martín Carvajal, comenta: "Hizo venir a su costa la comunidad de hermanitas de los Ancianos desamparados, desde Valencia, en España hasta Pamplona, y tengo precisamente en mi poder el detalle de esa gran obra que aún está produciendo sus buenos efectos sociales, y que se ha extendido por el país, merced a la intervención de tan generoso bienhechor de la humanidad".

Fue también fundador de la Compañía Eléctrica de Chinácota, en el año de 1911, como lo reza la Escritura pública No. 340 agosto 28 y cuyo capital fue de $ 10.000 de diez décimos figurando como socios los señores: José Joaquín Camargo. General David Conde, General Espíritu Santos Morales, José Canal, José Antonio Valero Romero y Manuel Waldo Carrero. "Honorables miembros del Concejo Municipal. Yo, Ramón González Valencia, mayor de edad, vecino de este municipio, en mi carácter de Presidente de la Junta Directiva de la Sociedad denominada "Compañía del Alumbrado Eléctrico de Chinácota", que tiene su domicilio en esta ciudad, represento respetuosamente: Por escritura No. 0.340 otorgada ante el notario de este Circuito el 28 del pasado agosto, se fundó dicha Compañía, entre otros fines para instalar, administrar y explotar el alumbrado eléctrico de esta ciudad y establecer y explotar otras empresas de interés público... de la cual se me hizo el honor de elegirme Presidente. Entre las atribuciones está… la de acometer el establecimiento en la ciudad de agua potable suficiente para el abasto de la ciudad... Sin causar daño a terceros, así como aumentar a su costo la corriente de agua de la quebrada de Iscalá. El 7 de agosto de 1914 la ciudad de Chinácota inauguraba su planta eléctrica.

En las elecciones que se realizaron el 18 de enero de 1914, fue elegido Concejal de Chinácota y lo fue durante varios años. De igual manera participó y salió elegido en las efectuadas el 12 de junio de 1919.

Larga sería la historia detallada de su vida, que está íntimamente ligada con la patria, durante tantos años tan fecundos en cambios y en sucesos para Colombia. Desde muy temprana edad, empezó el trabajo cotidiano, y cuando fue necesario luchar, peleó en primera fila y como bueno, hasta alcanzar y obtener las charreteras de General. Pertenecía a esa clase de hombres que ha visto Colombia, hábiles en la Magistratura y en el campo de batalla. Valeroso hasta la temeridad, afrontaba el peligro sin medirlo, y no hubo humana consideración que lo hiciese vacilar cuando su conciencia lo gritaba ¡Adelante! Su entusiasmo fue siempre intenso, siempre igual, y si el desaliento paralizaba todos los corazones, el suyo sabía mantenerse ardoroso, y a él se arrimaban los abatidos para calentarse al fuego de su energía. La moderación de sus principios y de su carácter lo mantuvo siempre alejado de los extremos partidistas, aún en las épocas más calamitosas, en aquellas en que los rencores políticos desconocen los más elementales principios de humanidad y de justicia. El General González Valencia, se mantuvo dentro de los límites de la equidad y de la moderación; ajeno a todo sentimiento de rencor, jamás se dejó llevar de las pasiones políticas; y siempre fue el primero en combatir enérgicamente las medidas violentas o de persecución que se proponían, pues fue su mayor anhelo propender porque la bandera nacional cubriera por igual a todos los colombianos. No conoció el cansancio ni la fatiga, y andaba a pié y montaba a caballo con agilidad enteramente juvenil; pues entre tantas cualidades tuvo la de una gran presencia, honor y orgullo de la raza, pues fue la réplica de un emir árabe, con su apostura elegantísima, su fisonomía de perfecto morisco, su barba nazarena, su mirada tranquila pero penetrante, sus maneras dignísimas, su afabilidad sin igual.

Encontrándose enfermo en Pamplona le decía a un amigo:

"Ya no tengo sino dos misiones sobre la tierra: disponer debidamente les negocios de familia y preparar mi alma para la muerte". Y Dios lo condujo de la mano a esa preparación; ese hombre que vivió días tan agitados y difíciles, soltó los remos de su barca en una bonanza apacible. Larga y pecosa fue su enfermedad la que soportó con resignación como verdadero cristiano, y fue vencido en el último combate de la vida, ante ese enemigo aterrador "La muerte"; en su lecho de enfermo recibía las atenciones de su compañera esposa, hijos y demás familiares, que lo consolaban ya que para mayor amargura había quedado ciego.

Hace cincuenta años que en la ciudad mitrada ye apagó apaciblemente a la luz terrena la noble vida de Ramón González Valencia, varón consular en quien se encarnaron de modo excelente las grandes virtudes de la democracia cristiana.

"En la parroquia de Las Nieves a cuatro de octubre de mil novecientos veintiocho, se dio sepultura eclesiástica al cadáver del General Ramón González Valencia -Expresidente de Colombia, casado con la señora Antonia Perrero, hijo legítimo de Rafael González R. y Susana Valencia. Murió ayer a la edad de setenta y siete años- nació en Chitagá el veinticuatro de mayo de mil ochocientos cincuenta y uno. Fue Uremia la causa de su muerte. Recibió los sacramentos de penitencia. Comunión y Extremaunción. Doy fe, Justo Pastor Patino. Pbro.".

La figura severa, caballeresca y pura de Ramón González Valencia, se perfila en los anales colombianos como un hito que marca los días gloriosos y memorables para la Patria, a la cual ofrendó esa su ardorosa valentía comparable sólo c' la de los paladines de antaño, de vieja estampa. Caudillo guerrero, bello modelo de soldado, ser magnánimo y generoso, vertiendo el ánfora de su alma como bálsamo cordial aún en medio de las más crudas contiendas.

Llega para el General la última hora de su vida. En SU lecho de muerte, el pecho que cubrió la banda presidencial estaba agitado por el estertor de la muerte; o la mano que empuñó la vencedora espada en muchos combates, asía el Crucifijo de los hijos del Salvador, y así se presentó a Dios aquel varón insigne que nunca cometió una injusticia.