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Sentí el vacío absoluto. La impotencia total. Desde lo hondo de mi silencio brotó un grito lanzado al infinito que todavía retumba en mis oídos, dirigido a todos y a nadie: por qué? Por qué? Por qué? Esos
seres oscuros, nacidos al acaso y al ocaso que violan impunemente las leyes de
Dios y las nuestras y una mujer de pelo quieto, -cuyo color de piel impregnó
su corazón-, a esa misma hora, con un gesto de hiena, sonreía ufana,
mientras marcaba otra muesca en su fusil. En
mi pecho empezó a hervir la sangre y fue invadiendo todos los poros de
mi piel. Mentiría si no dijera que solo deseé el exterminio total
para esas bestias, que se solazan con el dolor humano. Caterva de desalmados,
que se cobijan bajo las siglas de Fuerzas Asesinas Recalcitrantes Contumaces.
Engendros de la creación! Cuando pienso en ellos, me da pena con Dios.
Afortunadamente, hemos llorado mucho nuestro dolor, porque en las lágrimas
se evaporó nuestro rencor. El
paso de los minutos, las horas y los días permite reflexionar e ir aceptando
la crudeza de lo absurdo. No son hechos aislados. Es la contínua erosión
de nuestra civilidad en procura de la imposición del anarquismo y el Caos.
Generalmente de forma soterrada y otras, de manera desembozada, esos torvos emisarios
de la parca, negociantes del vicio y la debilidad humana, se esfuerzan diaria
y nochemente en desestabilizar nuestras instituciones, nuestros principios, nuestros
valores, nuestra fe, nuestra esperanza, hasta lograr que nos invada el miedo,
el terror, la indiferencia, la apatía, la resignación, la claudicación
y el abatimiento. Derruído el muro de Berlín, desintegrada la Unión Soviética y fracasado el comunismo como teoría política, los ideólogos de esa izquierda trasnochada y rabiosa, no se dieron por vencidos y estructuraron la teoría del Caos como medio eficaz de debilitamiento y penetración social, para lograr sus objetivos, demoliendo sicológicamente individual y socialmente, desestabilizando los reflejos colectivos, inhibiendo el raciocinio, degradando el instinto de supervivencia, buscando que las reacciones sociales ante sus desmanes, atropellos y violaciones, sean acalladas por el terror que imponen, al tiempo que minan las iniciativas pues inducen al colectivo a creer en la inutilidad del sistema y en que no hay ningún futuro, para llevarlo así, al fatalismo y a esa anestesia social que carece de prójimo y conduce al pesimismo general que bloquea toda esperanza. Somos conejillos de indias, inducidos sicológicamente a la frustación, la apatía y la desesperanza. No olvidemos que como decía Alexander Tolstij, al referirse a Rusia, que "setenta años de comunismo, destruyeron por completo la motivación. En lugar de hombres, formó robots. Y es muy difícil construir una nueva sociedad con cuerpos humanos y cerebros de robots". Aunque parezca inverosímil, eso es lo que están tratando de lograr con nosotros, pues ellos tienen una inmensa ventaja posicional: no tienen prisa y cuentan con el apoyo de algunos pseudointelectuales que se esfuerzan por legitimar la guerrilla. No olvidemos que ellos predican a grito entero y sin pudor alguno, que pueden recurrir a todas las formas de lucha para lograr sus siniestros objetivos. Por eso, por lo que todas estas añagazas y estrategias son de público conocimiento y, a veces, orquestadas por algunos medios, causa extrañeza oir que se satanicen a priori otras soluciones y se pretenda a toda costa y como única solución, un intercambio humanitario, cuando, por ejemplo, no hace muchos años, el guerrillero Luis Otero Cifuentes, muerto en acción por las fuerzas del orden, decía sin ningún reato ni vergüenza, que: "el concepto burgués de pesar, compasión, dolor, no existe. La revolución se hace con sangre y ésta ha de verterla quien estorbe los propósitos revolucionarios. Nada nos conmueve. El fin justifica los medios; todo aquello que se oponga a la conquista del poder, debe se eliminado ( ) la oligarquía de Colombia es débil y fácil de destruir porque carece de moral; no tiene méritos para seguir viviendo ( ) los secuestros son una forma de conseguir expropiaciones. ( ) No nos impresionan las lágrimas ni el lloriqueo de las familias. Solo nos interesa su plata, para sostener una guerra cada día más costosa". Al
pacer, somos una sociedad joven con amnesia senil. Hace algunos meses, el pontífice
Marulanda dijo: "La guerra no puede humanizarse. La guerra tiene sangre y
muerte". Y hace pocos años, Jojoy afirmó: "uno sin un
fierro en la mano, no es nadie". Ante tan contundentes, públicas y
reiteradas afirmaciones, queda, realmente, algún vestigio de civilización
en ellos, al cual se pueda apelar? Si
bien el panorama es sombrío, no podemos desfallecer porque ya brilla una
luz en lontananza. Aún podemos recuperar y reimplantar los valores éticos
y morales que articulan la vida ciudadana, además de fortalecer y agilizar
la aplicación de la Ley y la Justicia. La reciente inmensa muestra de solidaridad
con los familiares de la execrable masacre de los diputados, marca, ojalá,
el despertar de nuestra sociedad que debe convertirse en una masa crítica
demoledora, que se sacuda la inercia y la indiferencia y apuntale todos los esfuerzos
por el logro de la paz. Cuando tengamos plena conciencia de que la guerra no es
por allá en el monte, no es por allá en ese pueblo, no es por allá
en ese barrio, no es por allá en esa cuadra, no es en la casa de al lado,
sino con todos y cada uno de nosotros y no con unos lejanos e indeterminados otros,
habremos dado el primer paso firme para alcanzar la paz. El pasado 27 de Junio
en Nuremberg en el concierto de naciones allí reunido, se estableció
que: "Hoy existe un consenso internacional en el sentido en que los responsables
de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, no pueden ser sujetos de
amnistía". Gracias al Dios de todos los hombres y de todos los tiempos,
se taponaron los resquicios por los cuales podría evadirse la justicia.
Finalmente, solo me resta decir "que la única manera de que mi muerte
sea sentida por el otro, es que yo haga mía la suya". Jorge A. Muñoz J. Bogotá, Julio 03 de 2007 | |||||