| Mujer,
cuando yo muera no te vistas de luto, ni llores sacudiéndote como con
escorbuto, ni te den pataletas que a tus hijos alarmen, ni para prevenirlas
tomes gotas que calmen.
No te pegues al lado del féretro mortuorio, poniéndo en él
los brazos, como en un escritorio; y cuando alguien, amada, te abrace a darte
el pésame no lo rechaces mucho, como diciendo aléjate. Hazte,
amada, la sorda, cuando algún sanbenito pronuncie, sentencioso, que
he quedado igualito. Y hazte la que no oye, y acepta sin enquina, cuando
alguno comente que ayer me vió en la esquina.
Mujer, cuando yo muera no te vistas de negro; yo quiero ser un muerto con
canciones de alegro, y por lo tanto, amada, no te enlutes, ni llores,
¡Eso es para los muertos estilo Julio Flores! No
se te ocurra, amada, volverte preguntona, cada vez que te anuncien que llegó
una corona; pero tampoco vayas a salir de indiscreta, y correr a la puerta,
para ver la tarjeta.
No me grites, amada, que no te deje sola, escuchando las notas de una vieja
pianola, ni empieces a contarles, con hipo entrecortado, detalles ignorados
de mi diario privado. Que
no toquen rancheras y menos, vallenato, porque esos son acordes, para el anonimato;
que toquen unos blues y un concierto de jazz, para morir tranquilo y reposar
en paz.
Dile a quienes se ofrezcan a llevar el cajón, que siempre fui enemigo
de ese gesto lambón, que se ahorren la plata de serios cartelones
y no hagan de mi vida papel de novelones. Mujer,
cuando yo muera, pórtate diferente, rechaza la tristeza que se anida
en tu frente, pues aunque me embojoten, estilo tamalito, seguiré
impertinente y moriré igualito. Chinácota,
marzo 25 de 2005 |