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LAS
ENCOMIENDAS DESTROZARON LA POBLACIÓN INDIA DE CHINÁCOTA
(Manuel Ancízar - Peregrinación de Alpha) |
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Partimos
del Rosario impelidos por nuestros deberes, que sin ellos habríamos
permanecido más tiempo, cautivados por la benevolencia y generosa
hospitalidad de los notables y el cura, quienes con la mayor finura
prevenían todas nuestras necesidades, colmándonos de
favores y obsequios a cada instante y complementando a la medida de
nuestra deuda del corazón hacia los moradores de la más
culta de las provincias del norte. Conforme
marchábamos a la extremidad sur del cantón San José,
se alzaba el terreno insensiblemente y se modificaba la temperatura:
las llanuras de aluvión quedaban atrás, las serranías
se levantaban delante mostrando su formación caliza, sus pequeños
valles cubiertos de gramíneas, sus manchones de bosque vigoroso
y resonante con las caídas de agua viva, que luego corren cristalinas
y apresuradas a pagar su tributo al Pamplinita. Cuando terminaba el
día llegamos a una meseta muy bella, rodeada de altos cerros
que anuncian las tierras fragosas de Pamplona, y al concluir la pequeña
ceja de monte que atraviesa el camino descubrimos a Chinácota. Este
pueblo fue de chitareros, puesto bajo la doctrina de frailes dominicos
después de sojuzgada la comarca por los sucesores de Ursúa
y Velasco, primeros conquistadores de Pamplona. El régimen
de encomiendas destruyó la población indígena,
quedando solo treinta indios en 1761 con otros tantos vecinos blancos,
pobres y derrotados. Hoy cuenta 2.012 el distrito entero, y el pueblo
no pasará de 200, alojados en casas de paja bien desaliñadas.
La meseta ofrece terrenos fertilísimos, particularmente para
el café, pues se halla, respecto del mar, a 1.925 metros de
altura, con 20° centígrados de temperatura media. Dos leguas
al N.O. le demora la aldea de Bochalema, que desde 1795 adquirió
el título de parroquia, segregándose de Chinácota,
sin más fruto que haberse introducido por allá una imagen
mexicana que llaman "Virgen de la Cueva Santa", infinitamente
más provechosa para el cura que para los feligreses. No así
la introducción de las siembras de café, debida a la
perseverancia del señor González, vecino útil
e inteligente, cuyo buen ejemplo han seguido muchos estancieros plantando
más de 30.000 matas, que en aquellos inmejorables terrenos
producen 3.600 arrobas de cosecha segura, prontamente vendidas a 12
pesos. En este fruto y en las siembras de cacao, todavía no
acometidas, se cifra el futuro bienestar de ambos pueblos. Varios
capitalistas de San José y Pamplona lo han comprendido así
en vista de ensayos felices, y empiezan a fundar haciendas que les
retribuirán con largueza los gastos de establecimiento. Ya se dijo que la población de Santander llegó, según el último censo, a 21.282 habitantes. El área de la provincia mide 265 leguas cuadradas, de las cuales 164 permanecen inocupadas. Por consiguiente, la población específica es de 211 individuos por legua cuadrada, sin hacer cuenta de los desiertos; admite, pues, cómodamente, treinta veces más población. El aumento de ésta, por sus propios elementos, no pasa del 3 por 100 anual. Comparando el número de nacimientos con el de las defunciones durante el año de 1850; y de esta misma comparación resulta que el cantón Salazar es el más sano de todos y el del Rosario el menos. Hay en la provincia 3.489 niños y 3.328 niñas de siete a catorce años. De los primeros se educan 298, permaneciendo en absoluta ignorancia 3.191; de las segundas 60, y 3.268 se quedan sin aprender a leer siquiera. Contra la moralidad legal de este pueblo nada se puede concluir, puesto que en todo el circuito judicial de Cúcuta, y durante el último año solo hubo 73 delincuentes (mujeres 18); 1 de homicidio, 16 de heridas, 12 de resistencia y desobediencia a las autoridades y el resto por delitos menores que no indican perversión de ánimo. Donde la subsistencia es fácil y barata y abundan las ocasiones de ganar dinero, los delitos son raros; y si algunos se cometen hay que echarle la culpa a la ignorancia que deja sin freno y en la integridad del instinto brutal los movimientos del amor propio, que ora estallan en los celos y producen riñas y heridas, ora se insurreccionan contra los mandatos de los superiores y dan origen a los procesos por resistencia y desobediencia a las autoridades. Tal sucede en Santander, en cuya estadística judicial se adivinan el carácter enérgico de los moradores y su decidida inclinación a la galantería, más o menos licenciosa y desembozada, según sea practicada por el boga o por el hombre culto. En
Chopo, centro del país de los chitareros. La serranía del Fical, cortada en el alto de este nombre por el río Pamplonita, divide las provincias de Santander y Pamplona, y la tramonta el camino que de Chinácota conduce a Chopo, distante poco menos de seis leguas al sur, primer pueblo que en esta dirección se encuentra. Fue antiguamente de indios, pobre y oscuro, de tal manera que el año de 1761 solo tenía 50 vecinos indígenas y 40 blancos, comerciantes de repollos, que era su principal granjería, por estar a dos leguas y cuarto de Pamplona. Lo suave del clima (22° centígrados) y la rara fertilidad del suelo han favorecido el aumento de población, contándose hoy 1.647 habitantes en el distrito y cerca de 300 en el pueblo, cuyo aspecto material poco ha mejorado, pues se compone de casas pajizas mal amuebladas y peor barridas. Predomina desde aquí en adelante la raza india, siendo el centro del antiguo país de los chitareros, y varían también los trajes y costumbres que caracterizan la provincia de Santander. Ya no se ven los vestidos ligeros de tela extranjera, sino las mantellinas y enaguas de bayeta nacional, y el sombrerito jipijapa de las cucuteñas ha cedido su lugar al pesado sombrero de ramo, adornado con ancha cinta de terciopelo negro. Los hombres gastan ruana de lana y pantalón de manta o calzón corto, que deja descubierta de la rodilla para abajo la gruesa y nervuda pierna. Las fisonomías llevan el sello indígena, o manifiestan los contornos regulares y el firme colorido de la raza blanca de los Andes; el acento, el ademán, el saludo respetuoso y el tratamiento de sumercé dado a las personas notables, manifiestan que se ha entrado en tierra del reino, como la gente de los valles subandinos llama las comarcas de la serranía. En 1530 salió de Coro una expedición mandada por el alemán Ambrosio Alfínger, y atravesando el lago de Maracaibo y sierra de itotos, cayó sobre el valle de Uparí, matando y robando a los naturales, que ni se defendían ni lo habían agraviado. Corrió por el Cesare abajo, talando el país de los pocabuses y alcolados, derrotó al belicoso Tamalameque y continuó su marcha por el Magdalena y el Lebrija, saliendo a los términos de la actual provincia de Soto. Si hubiera seguido rumbo al sur habría descubierto el reino de los guanes, y acaso también las ricas y pobladas planicies en que moraban los chibchas, sojuzgadas siete años después por los expedicionarios de Santa Marta; pero torció al norte precedido por la fama de sus crueldades, que ahuyentaba delante de sí a los atemorizados chitareros, y llegó al valle de Chinácota, donde pagó sus crímenes con la vida, que le quitaron los indios el año de 1532 en un feliz momento de rabia. Sepultáronlo sus compañeros, dando al valle el nombre de Miser Ambrosio, y con más hambre que botín regresaron a Maracaibo. Esta irrupción devastadora quebrantó el brío de los chitareros y los dispuso a recibir humildes el yugo de otros dominadores. Así fue que no molestaron a Hernán Pérez de Quesada cuando en 1540 pasó por las fronteras de aquella nación en busca del Dorado o Casa del Sol, ni opusieron gran resistencia un año después a Jerónimo de Aguayo, que por orden de Gonzalo Suárez Rondón marchó de Tunja y penetró hasta el asiento de Tequia para echar allí los cimientos de la ciudad de Málaga, primera fundación española en el territorio de los chitareros. |