| Aquel
viejo regordete de luenga barba blanca y abundante cabellera, vestido de rojo
con ribetes blancos, puede ser San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel. San
Nicolás, un generoso obispo católico del siglo IV, nacido en una
antigua provincia del Asia Menor, fue el origen del simpático personaje
que hoy conocemos bajo esos apelativos; fueron los protestantes holandeses, de
Nueva Amsterdam, los encargados de introducirlo en Estados Unidos. Finalmente,
fue el dibujante Thomas Nast el encargado de popularizarlo a través de
la revista Harper's, entre 1860 y 1880. San
Nicolás es el santo patrón de los niños, los eruditos, las
vírgenes, los marinos y los mercaderes. En la edad media, los ladrones
también lo consideraron su santo patrón. Parece que nadie se quedó
por fuera. La
sociedad de consumo nos ha familiarizado con esa figura bonachona, a través
de anécdotas fantásticas. Ahí va en un trineo, tirado por
8 renos, sobre los caminos eternos del cielo... jo, jo, jo. La
víspera de Navidad, ese viejo zorro estaciona su trineo en los techos de
tierra fría, se echa a las espaldas un costal repleto de juguetes y baja
sigilosamente por la chimenea. En las tierras cálidas, donde las chimeneas
se construyen para adornar la sala y no tienen conducto, los regalos aparecen
como por arte de magia debajo de la almohada. Santa
Claus es un experto en los gustos de los "hijos de papi", porque a ellos
les trae, con sorprendente clarividencia, todo lo que han pedido. Con los pobres,
en cambio, es un aguafiestas: siempre les sale con cualquier cosa... jo, jo, jo. Me
parece, aquí entre nosotros, que a Santa Claus lo inventaron los cristianos
para no hacer quedar mal al Niño Dios. Bueno...
¿Y por qué Santa Claus?¿Por qué "santa"
y no "santo"? Algún defensor de oficio me asegura que San Nicolás
en holandés se dice Sinter Klaas y que, seguramente, por degeneración
del vocablo, de allí surgió el nombre conocido actualmente. Es una
hipótesis. A
los seres humanos que alcanzaron durante su vida altos niveles en la virtud, la
Iglesia Católica les da el título de santos; pero no olvida el género,
que es un accidente gramatical relativo al sexo. En consecuencia, las mujeres
serán santas y los hombres santos. Sin embargo, el adjetivo santo solo
se usa cuando precede los nombres de Tomás, Domingo, Tomé y Toribio;
en los demás casos el adjetivo pierde la última sílaba por
aplicación de apócope. Se dirá, entonces, san Pedro, san
Nicolás o san Claus. La
duda es necia. Algo me dice que, como en el caso de la leyenda de la papisa Juana,
aquí hay gato encerrado. ¿Recuerdan? Se dice que una mujer disfrazada
de hombre llegó al sacerdocio, fue cardenal y alcanzó el trono papal
como Juan VIII, en el año 847. Se descubrió que era mujer porque
durante una procesión dio a luz un hijo. Las
mujeres ¡Señor! no tienen fronteras. Recuerden que nos perdieron
en el Paraíso. El
escritor religioso, Esteban de Borbón, en el siglo XIII escribió
por primera sobre el mito de la papisa. La tradición y obras tan conocidas
como "La papisa Juana" del escritor griego Emmanuel Royidios, se encargaron
de difundir la leyenda. Los teólogos católicos pusieron el grito
en el cielo, pero la versión le dio la vuelta al mundo. San
Nicolás surge en los sueños navideños cuando, clandestinamente,
arroja por una chimenea varias bolsas con monedas de oro para que tres doncellas
puedan aportar las dotes exigidas en los matrimonios de la época. Se cree
que a partir de ese relato empezó la costumbre de hacer regalos secretos
en Navidad. La
leyenda y la realidad se confunden en la vida de San Nicolás; seguramente
por esa razón, en 1969, el Papa Pablo VI suprimió su fiesta del
calendario católico. Con
estas consideraciones, nada tiene de raro que detrás de nuestro personaje
navideño estuviera escondida Santa Nicolasa. No sería necesario,
entonces, acudir a la mamá Noel que ahora nos proponen. |