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Hace
pocos días, las cadenas de noticias internacionales informaron que una de cada
tres mujeres italianas le monta escenas de celos a su marido cuando lo encuentra
"navegando". Tienen razón, los enamorados han encontrado en la Internet el medio
más expedito para saltar fronteras y llegar hasta los balcones de las más apartadas
regiones del globo, sin serenatas previas ni flores con tarjetas apremiantes.
Una amiga, joven, inteligente y bonita, cambió las cálidas tierras cucuteñas
por una hermosa villa en la madre España. A través de la Red encontró la medida
que andaba buscando: un hombre de su edad, con mirada azul, buen talante y ganas
de vivir. Seis meses después de su primer encuentro en la pantalla, ella voló
hasta Europa y volvió con él para mostrarle nuestras tierras ariscas. En diciembre
fue la boda y la luna de miel todavía no ha terminado. Viven en una cabaña frente
al mar, entre albaricoques, bajo el inmenso cielo español. Cada vez
que subo a www.estoraques.org, la página web de La Playa de Belén, observo la
pequeña ventana que me invita a chatear con la misma aprensión de Adán frente
al manzano del Paraíso. Para quienes no han sucumbido a la excitante
tentación de la Internet, el neologismo "chatear" podría estar relacionado con
ese otro agradable mundo de los rincones románticos donde una hermosa chata, como
dirían los bogotanos, se encarga de volver grata la vida. Chato, o chata, es un
apelativo cariñoso, utilizado para referirse a quienes llevan a cuestas una nariz
prominente o aplastada. Para los habituales parroquianos de las tabernas españolas,
el chato es una vaso ancho y bajo de vino o de otra bebida. Chatear significaría,
entonces, beber vino en las tabernas. El diccionario de la Real Academia
dice que chatear es hacer con la azada en los terrenos llanos una pileta mayor
que la serpia. Serpia, para los curiosos, es el sarmiento bajo, largo y estéril
de la vid. No obstante estas definiciones, para los "navegantes", chatear tiene
alcances de comunicación. El lingüista Alberto Gómez Fond, en una conferencia
en Caracas, hizo un profundo análisis del Spanglish, el nuevo lenguaje de la era
digital, y recordó que "chatear" es el producto de la españolización de una voz
inglesa, "To chat", que significa charlar.
La locución desplaza los verbos sinónimos: conversar, cotorrear, charlar,
dialogar, departir, garlar, hablar, parlar, parlotear, platicar y hasta rajar.
Los cibernautas hispanohablantes no se toman la molestia de traducir.
Para ellos chatear significa charlar a través de la Red, como deletear significa
borrar. Invitan a chatear a través de sus computadores, de la misma manera que
convidan a charlar alrededor de un tinto. Pueden, de esta manera, campear en sociedad
con el Castellano y navegar, contra viento y marea, sobre las turbulentas aguas
del Spanglish, en detrimento del idioma de más de trescientos millones de ciudadanos
del mundo. Es un recurso fácil: se acude al préstamo de vocablos del
inglés, que se adaptan al español, sin miramientos, sobre la marcha, en una carrera
en la que cada minuto se cuenta en dólares. Es un nuevo tipo de lenguaje, que
nos tiene atrapados porque ya fue aceptado por millones de "navegantes".
El Spanglish no se ha escrito; hace parte de la jerga de los clientes de
Bill Gates, que nos saludan en la calle, en la universidad, en el colegio y hasta
en las reuniones de los intelectuales que presumen de expertos en el manejo del
idioma español. No se ha escrito, es cierto, pero el banquete del nuevo
diccionario está servido para los ávidos comensales de la mesa del ciberespacio
que amenaza peligrosamente el idioma de Cervantes. |