"Nos
refiere la tradición que sobre uno de los collados que demoran al Oriente,
después de una jornada de caza, se encontraba el Cacique Chinaquillo, acompañado
de su consorte Ilavita y de un numeroso séquito... brisas juguetonas llevaban
en todas las direcciones aromas de la selva y las aves de vistoso plumaje salpicaban
en su vuelo aquel poético paisaje. Encantado por tanta magnificencia y
deseoso como estaba, desde hacía algunas lunas, de encontrar un dulce retiro
para plantar su cercado y dinastía, ordenó a su tribu ocupar el
valle y en medio de la selva plantaron su vivienda". En
estos fragmentos líricos del documento, "Chinácota antes
de la conquista", escrito por don Antonio Bautista en junio de 1922,
recibieron las aguas bautismales Chinaquillo e Ilavita. Años más
tarde, en septiembre de 1934, el presbítero Alfredo García Cadena,
Miembro de Número del Centro de Historia de Santander, recorrerá
los pasos del Señor Bautista y acotará que "Chinaquillo
se llamaba el más viejo cacique morador del valle de Chinácota,
e Ilabita se llamaba su esposa". Es éste el manantial donde se
ha escanciado la sed de la memoria regional. Las
huellas de Chinaquillo e Ilavita campean en las brumas de la leyenda, pero no
aparecen en los informes de los cronistas de la colonia, ni en las actas de visita
a los encomenderos, ni en las investigaciones publicadas sobre el pueblo chitarero.
La estampa del guerrero y la esbelta belleza de su consorte, como el indio Cariongo
de Pamplona, enriquecen el folclor pero tienen pendiente la prueba de existencia. En
mi trabajo "Génesis de Chinácota", publicado en
la Gaceta de la Academia de Historia de Norte de Santander, recuerdo las actas
de visita de Tomás López (7 de mayo de 1560) y Alonso de Montalvo
(2 de junio de 1586), en las cuales se registran los nombres de los caciques Chirama
y Caypaquema. Ell
nombre de Islavita, otorgado al hotel más importante del municipio, corresponde
a una quebrada que serpentea sobre el hermoso paisaje de Iscalá. Chinácota,
12 de septiembre de 2003 |