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En su hoja de vida lo registran como "conductor del atentado al Zar Alejandro de Rusia; compañero durante largo tiempo de Lenín y del prícipe Kropotkine. Y terror de muchos gobiernos de Europa y América, a los cuales convulsionó con su acción y con su verbo..." Conocido y, seguramente, amigo de Eduardo Santos, y de Eleázar López Contreras, futuro General y Presidente de Venezuela, con quien trabajó en una escuela de Capacho Nuevo, en 1899. En los albores de su anarquismo, se hizo llamar Panclasta (Pan: todo, Clasta: destructor). Máximo Gorki, conocido escritor ruso e ideólogo revolucionario, de quien Lizcano fue huesped, para completar su nombre de guerra lo llamó Biófilo (Bíos: vida, Filo: amante, amigo de), cuando observó conmovido el solícito empeño de Panclasta por salvarle la vida a un marisco aprisionado bajo una piedra. Con esos nombres estrafalarios y contradictorios -Biófilo Panclasta: Amante de la vida y destructor de todo- recorrió todos los continentes; y, por cuenta de su obsesión rebelde, encontró en cada puerto una cárcel y, en el mejor de los casos, una indicación perentoria para abandonar la tierra que pisaba. De todos los lugares que visitó fue deportado, mientras en otros ni siquiera tuvo la oportunidad de desembarcar. Le ocurrió en Puerto Colombia, donde los soldados del general Reyes acudieron a las bayonetas para mantenerlo a bordo. De este acontecimiento sus biógrafos rescataron para la posteridad una de sus frases lapidarias: "De todos los países del mundo, el más hostil para mí, ha sido mi propia patria. Porque sí de todas partes me han echado y llevado a la cárcel, sólo en mi patria intentaron asesinarme por el hecho de pedir hospitalidad". Convertido en personaje legendario, fatigado de sus propias guerras, "pálido y deshecho, más miserable que nunca" regresó a Bogotá y se echó en los brazos cariñosos de Julia Ruiz, una pitonisa octogenaria que había cambiado los hábitos y los claustros del convento de las Hermanas de la Caridad por un cuchitril acondicionado para ejercer los poderes de la adivinación. Vivió hasta la muerte de Julia, entre muebles viejos, acompañado de un loro parlanchín, un gato, algunas sillas sin patas y una legión de espíritus. Acosado por la soledad, regresó a Chinácota, su tierra natal; posteriormente viajó a Pamplona donde, de acuerdo con el texto de su partida de defunción, murió de cardialgia en el asilo de los ancianos desamparados el jueves primero de marzo de 1942. Mucha tinta ha corrido sobre las aventuras de Biófilo Panclasta, pero esta apretada síntesis la he tomado a mano alzada de la extraordinaria disertación que el sábado pasado le oímos al médico Mario Mejia Díaz en su cabaña de Chinácota. Profesores y estudiantes de la Universidad Francisco de Paula Santander encontraron en el apasionante tema de Panclasta un pretexto útil para buscar la resurrección del "Grupo Chinácota" a través de un nuevo ciclo de conferencias y, ojalá, con talleres del idioma. En el recinto circular de Mario Mejía hicieron fama las tertulias literarias y todavía están frescas las huellas indelebles de Luis Carlos Galán, Alvaro Gómez Hurtado, Vásquez Carrizosa, Valencia Tovar, Alberto Dangond y Joaquín Vallejo Arbeláez, entre otros, congregados allí en momentos diferentes para ventilar los grandes problemas nacionales. En estos días, mientras le bajábamos 3 centímetros a una añeja botella de Amaretto, que ha defendido de sus amigos como mastín furioso, el dueño de la Casa Redonda me ha dicho que ya tiene una lista de conferencistas y temas para varios meses. Y que no faltarán los virtuosos del violín ni los recitales de los bardos regionales. Entiendo que la próxima conferencia, convocada para el mes de octubre, estará a cargo del neuro-cirujano Ramiro Calderón Tarazona, quien hablará sobre "Manipulación Genética (Clonación).
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