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Yo te saludo Chinácota
de mi Argentina sureña
te traigo potros al viento...
de allá donde el hombre sueña
paisajes de libertad.
Te traigo rosas
morenas
bajando por Catamarca;
y de la Rioja y su Sierra
al mismo San Nicolás.
Tu santo es el mismo
santo
de la Rioja montañera...
allá en la tierra del Chaco
herido en su soledad.
De Mendoza sus racimos;
de san Luis, su viento largo;
y de san Juan traigo el vino
para brindar en tus manos.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
jardín de la libertad.
Te traigo de Buenos
Aires
una sonrisa porteña.
El río muerto en la tarde
y más allá, todo el mar.
La caricia de la
pampa
con su enorme poncho verde
abrigando las estrellas...
y el grito azul de mi pueblo
madurando en su verdad.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
jardín de la libertad.
Saludo a tus casas
chatas
con sus zaguanes de sol
y a tus patios con sus matas
aromado el corazón.
A la sonrisa fiestera
de tu gente por las calles,
porque eres línea y frontera
de toda nuestra ilusión.
Nadie se siente
un extraño
detenido en tus esquinas
y saludas al hermano
con nidos de golondrina.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
con la voz de mi Argentina.
Me gusta tu vieja
iglesia
con sus torres junto al cielo
donde dormitan los ángeles
junto al sueño de tu pueblo.
Tu plaza donde en
las tardes
pasean las muchachas
del brazo de algún lucero
y el sonreír de los viejos
masticando tus recuerdos.
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Me enamoré
de tu cielo,
locura de un dios norteño
que pintó con solo trazo
el color de los ensueños.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
hermoso pueblo cerreño.
Voy saludando a
tus novias
y a tus madres y a tus hijos
mientras descubro en tus hombres
la alegría de los niños.
Saludo hasta el
enanito
vagabundo en su estatura
que algunos llaman Juanito
y otros llaman miniatura.
A tu placita de
toros
de sangre recién regada
y a ese par de ojitos moros
que me dieron su mirada.
A tus cafetos floridos
creciendo allá entre las nubes
y a tus montañas reales
con sus caminos de tules.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
tierra de rosas azules.
Saludo al fresco
reír
de tu pueblo haciendo patria
y ese musical decir
que tienes cuando me hablas.
A tus banderas al
viento
en la línea divisoria
de dos pueblos, en el tiempo
contando su misma historia.
¡Chinácota!
Hoy me siento colombiano
por haberte conocido
tú me trataste de hermano
y ya no soy peregrino.
Aquí se acaba
el camino
de mis versos forasteros
mientras cuelgo en tus ventanas
¡Chinácota, yo te quiero!
Porque te haces
querer
en el alma de tu gente
y uno se cansa de andar
cuando llega a conocerte.
Cuando recorro las
vegas
prendidas al firmamento
y libo en copa de estrellas
la flor de tu sentimiento.
¡Yo te saludo,
Chinácota!
abrazándome a tu pueblo.
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Recorriendo los
confines
de tu alma de norteña
allá donde las palabras
se van quedando sin dueño.
Porque te llevo
conmigo
como un recuerdo flamante
en la risa de un amigo
y en tu sol como un diamante.
Por el camino adelante
he de volver mi mirada
y ha de quedarse contigo
algún girón de mi alma.
...y habrá
un día,
un día de esos
húmedo de soledad
en que te diré de lejos:
¡Chinácota!
Yo te quiero,
Chinácota, te proclamo:
Jardín de la libertad...
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