| CHINÁCOTA
- EVOCACIÓN | |
| CHINÁCOTA,
la trampa de la nostalgia -
Por: JUAN GOSSAIN Publicado en la revista Cromos - 1984 (Archivos Dr. Carlos Sosa Camargo) | |
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Cuando
yo era niño, y de eso hace ya tantos años que en esa época
el tacón de los zapatos se usaba adelante, mi compadre Angel Racine ponía
su mesa de bagatela en la plaza principal de San Bernardo del Viento. Eran los
días radiantes de agosto, durante la fiesta anual del santo patrono, y
Carmela Villa bailaba fandango dando vueltas en torno a la banda de músicos.
Carmela se tachonaba la cabellera y el pecho con unas flores rojas llamadas arrebatamachos,
de las cuales la gente decía que eran perversas porque su fragancia enloquecía
a los hombres. Mi
compadre Racine era un hombre descomunal, que caminaba con la misma paciencia
de un pavo, y tenia siempre en la cara una mueca de ironía. A mí
me parece que vivía burlándose de la gente. Su bagatela era un cuadrado
de madera muy hermosa y pulida, taponado con un barniz brillante, que tenia 36
números. Mi compadre Racine pulía la madera con un panola de joyero.
Desde lo alto de una silla papal soltaba una bola de billar reluciente. E! hueco
en que caía la bola era el ganador. La gente apostaba en un tapete verde. Por
aquellos años felices no habla luz en San Bernardo del Viento. La electrificadora
de Córdoba no había llegado con sus grandes camiones y sus hombres
con espuelas que se subían a los postes. Por eso, para iluminar la bagatela,
mi compadre Ángel se compró una lámpara de gasolina "Coleman",
alemana legitima, con una caperuza de gas. La ceremonia de cebar la lámpara
para que diera lumbre era un espectáculo público. La gente se reunía
junto a mi compadre, tratando de mirar por encima del hombro ajeno, a eso de las
seis de la tarde. A las siete de la noche la caperuza empezaba a encenderse, paulatinamente,
y la gente aguantaba el resuello en medio del prodigio. Cuando por fin toda la
plaza se llenaba de una luz blanca, la multitud aplaudía y mi compadre
Racine se moría de la risa. Hoy,
muchos años después, me he acordado de él y de su lámpara
de maravilla. Pero he recordado, sobre todo, su bagatela de números verdes.
He venido hasta un pueblo del Norte de Santander, llamado Chinácota,
y de repente me encuentro en la plaza principal una bagatela como la de mi compadre.
Un hombre al que le falta el brazo izquierdo hace girar la ruleta con la misma
mano con que -todo al mismo tiempo- reparte las fichas, come un pedazo de pollo
cubierto de grasa, recibe los billetes y espanta a los muchachos necios. Se celebra una feria en este pueblo hermoso y tranquilo, construido en un valle rodeado de montañas. La gente baila en plena calle. Los que están muy niños o muy viejos se dedican a tirar al blanco. Creo que se me va a salir una lágrima de nostalgia, madrecita mía. Esto es como era San Bernardo del Viento en los tiempos de mi compadre Racine y su linterna alemana. Bendito sean estos pueblos donde los dueños de las casetas y las juntas directivas de los clubes sociales no han podido dañarlo todo, llevándose el festejo de las calles para sus recintos cerrados. Si por mí fuera, los metería a todos en la cárcel. Clubes y casetas: majaderías. La fiesta verdadera está aquí, en medio de esta señora gorda que vende gallitos de barro hechos por ella misma, y en medio de la muchacha olorosa a jabón de monte que ofrece rebanadas de jamón casero. Pasan
bailando las danzas folclóricas que vienen de Durania. Los muchachos tocan
"Las Golondrinas" mientras las mujeres hacen flequetear en el aire,
como una cuchillada, el borde de los pollerines. Y detrás de ellos, en
este desfile de aldeas y caseríos, una simulación de los campesinos
de Chiquinquirá que al compás del torbellino llevan en andas una
procesión de la virgencita a la que piden que les bendiga su unión.
Para que esta trampa que me ha tendido la nostalgia sea completa -me digo para
mis adentros- sólo falta que pase, atronando el aire con la bullaranga
del porro, la "Banda Trasnochaperros", que en San Bernardo del Viento
llamaban así porque ensayaba de noche y despertaba a los animales que se
dedicaban a ladrar hasta por la mañana, dañándole el sueño
a todo el vecindario. No
parece la banda, pero en el alba, cuando estas breñas de los santanderes
se tiñen de rosado, pego un salto en la cama. De lejos viene el eco de
un vallenato inolvidable. "Tengo pena con compadre Chemo, tengo pena porque
yo no fui..." Los
del conjunto son estudiantes de bachillerato de Pamplona y Chinácota. A
lo mejor no han visto jamás un grano de la tierra de Valledupar. Pero es
que la patria tiene esas gracias. Un vallenato en el amanecer de la montaña.
Para qué les cuento. Ustedes no saben lo que le corre a uno, vena arriba,
cuando por una callecita del pueblo aparece una banda de Ocaña tocando
"La vaca vieja". Los músicos sudan. La gente aplaude. Y detrás
pasa una bandita pequeña, pobre, con sólo ocho integrantes. Sólo
ocho, pero son el padre, la madre, dos hermanas y cuatro hermanos. Y
en medio del gentío que recorre el pueblo en la caravana de las carrozas
con las reinas de belleza del departamento, va un hombre rubio, medio calvo, abochornado
por el calor del mediodía, colorado como un camarón, gritando. -¡Vivak
Pamplonak!... ¡Vivak Pamplonak! Es
alemán. No necesita la botella de aguardiente hirviendo que lleva en la
mano para hablar atravesado Es el mono Bochmann. Vino a Colombia hace treinta
años, huyendo de la barbarie nazi, y se quedó a trabajar en Pamplona.
Una hija suya es candidata. Y eso hace el milagro, un alemán, que parece
descendiente de los más viejos nibelungos, gritando vivas en una calle
de un pueblo llamado Chinácota. Un
día de éstos, para que el portento se nivele, veremos a un tipo
de Sincelejo gritando tras su hija en Ias calles de Baviera: ¡Viva Munich,
carajo! No. Eso nunca será posible. Porque los alemanes no tienen bagatelas. Ni bandas que toquen porros Porque, en fin, los alemanes no saben de lo que se pierden... | |