Quisiera
reproducir algunas "Crónicas del cerro de La Vieja" publicadas
en el año de 1991,
en el marco del concurso de periodismo Pedro Manuel
Álvarez y que fueron promovidas por
el periódico EL CONTRAPUNTEO
a la cabeza del Coronel (r) Andrés Álvarez Berbesí;
muchas personas de nuestro querido Municipio puede que ya las conozcan,
sin
embargo es de vasta importancia que éstos mitos, leyendas e historias
trasciendan a las nuevas generaciones.
José
Angel Parada
CC 88002912 de Chinácota
Ingeniero de Producción
Animal. UFPS
Universidad Francisco de Paula Santander
San José
de Cúcuta
japarada@email.com
SE
PUBLICAN 4 LEYENDAS:
1.
Crónica del Cerro de la Vieja, que se llama Cerro de la Margarita
- Clemente Antonio Aldana
2. Crónica
del Cerro de la Vieja - María Solangel Parada P.
3. Apuntes sobre la existencia, vida y milagros de la Vieja - Judith Araminta
Rangel de Rangel
4. El Cerro de la Vieja - Luis Guillermo Rubio Cruz
1.
CRÓNICA DEL CERRO DE LA VIEJA QUE
SE LLAMA CERRO DE LA MARGARITA
Por: Clemente Antonio Aldana
"Es un carro de una india encantada que por allí, desde la época de la colonia, cuando los españoles perseguían a los indios para quitarles el oro y las piedras preciosas, como los indios eran mágicos y veían a un español, se ponían un platón lleno de agua en la cabeza y se volvían una laguna en el sitio donde se encontraban o vivían. Con la india Margarita se encuentra una muchacha que según la historia de Gáfaro es muy bonita y emocionante, y si los que han ido a conocer el cerro y la laguna la ven, en verdad se quedaban encantados de esa muchacha; cuando quieren que la vean se deja ver y les habla a los visitantes, así lo hizo cuando se le presentó a Urbano Gáfaro, que había ido a cacería con los hijos y otros compañeros, y estando en la montaña vió ir a una pata amarilla, con unos paticos amarillos, y Gáfaro se fue al pié de los paticos con el deseo de cogerse uno, de pronto sorpresivamente llegó a un patio de tierra, allí encontró a una muchacha rubia, en la puerta de un ranchito pequeño y ella fue la que le habló preguntándole qué necesitaba y el hombre sorprendido con aquel paisaje encantador, de lo cual le contestó que si tenían café o algo por el estilo para calmar la sed y ella le respondió que de eso no se conseguía, y Gáfaro le dijo que iba a ver a Doña Margarita y la muchacha le dijo que por ahí estaba, y mirando Gáfaro a un lado vió una marrana grande colorada que roncaba muy duro y luego la hermosa mujer le preguntó que si había traído tabacos, Gáfaro busco en sus bolsillos y encontró tres que había llevado, se los dio a la muchacha, ella le dijo que esperara, entró en el rancho y sacó lo que cogió en sus manos de habas verdes frescas y las echó en su mochila, le dijo que se fuera ligero y que no mirara para atrás, y saliendo Gáfaro de ese sitio encantador, se largó un recio aguacero y tronó en el cerro, con lo cual se mojó mucho y se emparamó, duró toda la noche perdido en la montaña, al sentirse con hambre y sed, pensó en comerse un haba de las que le había regalado la bella muchacha resultando que eso no eran habas sino era oro lo que la muchacha le dio, y tal mochila la sentía cada vez más pesada.
Al llegar la madrugada vió una luz, ya cerquita a la vereda San Miguel, era que ya habían prendido candela, entonces se orientó con esa luz y se dirigió a esa casa para refugiarse del frío, allí pidió albergue, le colaron café y le dieron bien caliente para que se abrigara, luego le buscaron ropa para que se quitara la mojada y le arreglaron una cama para que descansara y durmiera el trasnocho, durmió desde esa hora hasta las nueve de la mañana, entonces le dieron desayuno y le tenían lista una mochila con mercado que contenía alverjas, apios, berenjena, etc, por lo cual dio el Dios le pague y se vino, cuando ya pasaba por el camino de bajar a las brisas entonces se encontró con los hijos y otros compañeros que venían a buscarlo, pues lo hacían perdido en la montaña o que alguna fiera lo había matado, regresaron contentos por que lo habían encontrado y le dijeron que tenían que ir a pagarle una promesa a la virgen de Chiquinquirá por el milagro que les había hecho de que apareciera vivo.
Este relato fue contado por su hija Carmen Gáfaro cuando fue a Cachipay y miraba ese cerro con mucho miedo, por lo cual yo le pregunté y me dijo que ese cerro había perdido a su papá y el encuentro con la muchacha encantadora del cerro de la Margarita.
Hay otro relato de monseñor afanador, Obispo de Pamplona, es decir por allá en el año de 1935, cuando el obispo iba a la hacienda El amparo de don Belisario Canal, a hacerle misión cada mes: resulta que un poco más allá del puente de la Honda en un callejón hondo, se encontró con la anciana Margarita y lo saludó, para después pedirle el permiso de venir del cerro para el valle de Chinácota a lo cual el obispo le respondió que no, que la casa de ella era el cerro y por qué se iba, ella le dijo que la tenían muy atormentada, con el pito de las calderas de la Mutis, la del Amparo y cuando usted viene con esa pólvora, esos morteros sonaban muy duro, el obispo le respondió que sí podía estar ahí que se fuera para Venezuela y así o ha hecho, se va por una temporada para Venezuela y vuelve, cuando está en el cerro llueve mucho y cuando se va hace mucho verano.
Este cuento del encuentro con el obispo fue contado por mi papá Don Daniel Aldana, cuando él trabajaba en la Hacienda El Amparo en esa época.
La india Margarita es de regular estatura, tiene el pelo colorado, piel morena, con unos ojos azules similares a los de Alfínger y por eso era que se quería venir para Chinácota, que es el Valle de Alfínger (Alemán que conquistó a Chinácota).
La laguna de éste cerro además de ser brava, es encantadora y cuando quiere dejarse ver la encuentran y otras veces no, el carro tiene una extensión de tierra de 3 Km. de largo por 2 y medio de ancho, sus linderos son por el norte con el municipio de Los Patios, por el oriente con Ragonvalia y por el occidente con Chinácota, nacen dos quebradas de La Laguna, la quebrada de Las Lajas que cae a la quebrada de La Honda y La Tascarena que baja por lindarse con Chinácota y los Patios y cae al rio Pamplonita. Este cerro está situado en escuadra y termina en dos grandes picachos.
Sobre el nivel del mar, tiene algo más de tres mil metros, es decir, es el más alto de ésta cordillera y deben llamarlo el rey, porque es el más grande y alto y es rico en minerales, tiene oro, platino, cobre, uranio, azufre, talco y otros que se me escapan. Este cerro debía el gobierno de Colombia, ordenar a sus moradores que lo reforesten con árboles maderables y frutales, que le siembren cedro, duzal, caña, nogal, roble, pardillo y otros mas que son muy útiles para el hombre que es el que los explota y disfruta de la naturaleza y de lo que Dios le ha proporcionado en la vida humana como rey del planeta tierra
Es autor de ésta crónica el líder campesino Clemente Aldana V, con 60 años de edad, CC 1.950.829 de Chinácota, Norte de Santander."
"Es un cerro de leyenda que incita al encuentro de amaneceres, de la cadena de montañas más bella de Colombia que conforma la Cordillera Oriental y a manera de escuadra vigila y es centinela perenne de las lluvias y tormentas de los valles de Orozco, Chinácota, Cuellar e Iscalá, en el Municipio del mismo nombre.
Quien vive en ésta aldea de paz, siempre ha escuchado sobre las leyendas, embrujos y mitología, se habla de que posee alguna mitología, se habla de que posee una laguna misteriosa, brava, girando alrededor de una vieja anciana, solitaria, que a la luz de la luna ve retratados sus ojos en el agua, llorando hasta desencadenar lluvias sobre la población. En las festividades del poblado, la mucha pólvora provoca inmediatamente tormentas, que desbordan las quebradas y riachuelos que la circundan.
Es una sierra de aproximadamente de dos kilómetros y medio, terminada en escuadra, posee unos pequeños picos en sus estribaciones de 3000 MASNM y está ubicada al nororiente del municipio de Chinácota.
LEYENDA DEL CERRO DE LA VIEJA
¡Gracias a Dios llueve!. Esto me hace pensar que la vieja que vive en su imponente cerro está brava; impaciente tal vez... al ver que el campo está seco, que el ganado está sediento, que la naturaleza se marchita o porque alguien se atrevió a visitar su poderosa laguna.
Quisiera conocer a esa viejísima anciana, es lógico imaginarla: bella en su tiempo, con pelo blanco o plateado de ambas formas envidiable, larguísimo, su tez mustia por el tiempo, sus bellas arrugas que muy orgullosa nos muestra retándonos a vivir tantos años como ella: de día, con su gran vestido de sol sentada o paseando por sus estancias allá en su cerro, con sus paisajes de quietud, de bonanza o de tempestad en donde el sol no se oculta a pesar de sus truenos y de sus tinieblas, de noche: vestida de luna dormitando y vigilando o dándose la escapada por el pueblo acompañada por sus becerros de oro; para vivir los placeres que nos ofrece la noche del Valle chitarero en las fiestas de San Nicolás, infantiles aventuras de candorosa malicia, quién la ha visto? Nadie, ella se esconde en la frondosa espesura del cerro, ella sabe refugiarse, debe guardar sus secretos, los tuyos y los nuestros, así sean muy íntimos, porque son hermosos y de la cual ella es la única confidente: porque ella conoce las tristezas y alegrías de nuestro pueblo; y se ríe, se ríe de todos, de todo aquel impertinente que quiere profanar su imponente cerro y todos sus inmensos dominios llenos de paz y de amor, aunque le gusta que la visiten, que caminen por sus bosques y sus empinadas faldas pero sin hacerles daño, ¡Pon mucho cuidado!! Sin destruirla, conservando la naturaleza, su belleza y su entorno ecológico.
Una de sus tácticas para ahuyentar a los intrusos es abrir la llave de su poderosa laguna y dejar caer unos torrenciales, los visitantes se ven obligados a desalojar el misterioso lugar lo mas pronto posible, claro que éstos torrenciales nos traen muchos beneficios.
No sabes lo que le sucedió a la niña al cruzar el camino que conduce al cerro a recoger cilantro, La Vieja cautivó a la niña y la invitó a recorrer sus estancias y la llevó muy dentro de ella, sin darse cuenta quedó encerrada en una bella cueva y en un instante transcurrieron veinte años. Cuando salió libre de su cautiverio, todo había cambiado, ella se transformó en una linda señorita y se encontró con la sorpresa de no volver a ver a su mamá, pues había muerto. También le contaré la bondad que tuvo con un señor de apellido Gáfaro quién en su brega de trabajo pasó por el embrujado cerro, se internó en él y qué emoción, vé unos pollitos amarillos de oro, que siguen a su madre clueca, él muy intrigado los sigue y camina tras ellos, lejos muy lejos sin darse cuenta, hasta que llegan a un hermoso plan tapizado por la verde grama; donde asombrado vé a una hermosa niña sentada en la puerta de una humilde choza, el viejo cansado pide a la niña algo de comer y de beber, ella muy gentil le contesta: mi abuela que descansa allá adentro tiene solo maíz, si quieres te doy maíz; el viejo que estaba muy ansioso le dijo que sí, que le agradecía inmensamente, la niña entró y con muy buena voluntad le alcanza una bolsa llena de maíz. Gáfaro la recibió y en agradecimiento le regaló unos tabacos para la abuela bondadosa, al ver que terminaba el día decidió regresar, en la mitad del camino se detiene y quiere abrir la bolsa para sacar maíz y comer, cual sería su sorpresa al ver que en vez de maíz encontró unos granitos de oro, ¡Qué dicha!!, bajó al pueblo, compró una linda casa en otra ciudad, donde vive muy bien recordando a la niña y la abuela que le dieron tanta suerte. Aquella enigmática vieja de nuestro cerro: ha tenido muchas experiencias, otra la vivió con el cazador que enamorado del paisaje y de la fauna de nuestro imponente cerro; va con la misión de cazar algún animal extraño; penetra en la gran espesura y vé unos hermosos pájaros de oro que volaban de una rama a la otra, asombrado le apunta, cuando de pronto una voz misteriosa le grita: no matéis a mis hermosos pájaros, si quieres algo para llevar toma ésta piña te dará mucha suerte, le puso una piña en el camino, el cazador la recogió y muy asustado se alejó de aquel extraño lugar, cuando iba en la mitad del camino; su mochila empezó a pesar; el curioso mira y cual sería su sorpresa al ver que de la piña se desprendían cascaritas de oro. En las hondonadas del cerro de Orozco, escuchaba ecos de canciones que tremolaban con las aguas cristalinas de la quebrada la Honda.
Cuando se cubre de blanco; ella baja las cortinas de su mansión para dormitar o para enamorar porque ella también tiene sus sentimientos y corazón o para disfrutar su afrodisíaco baño en su gran laguna encantada, la cual cuida celosamente porque sabe que ahí está el secreto de su larga vida, vitalidad y belleza.
Ella cuida con mucho celo en su gran mansión de oro, su piña de oro, el gallo de oro, padre de los pollitos de oro que creció tanto por los cuidados de la vieja; su cuerpo bajo la cordillera que va: sus alas de Cucutilla a San Cristóbal, su cuerpo recorre la cordillera hasta Tibú y sus extremidades y cola hasta las frías tierras de Toledo y Pamplona, el duerme tranquilo pues sabe que su imponente cerro es un guardia mas agradable, sabe ella compartir con su gente desde el cerro la vida cotidiana, porque es paciente, sabe que la soledad y tristeza son sus grandes amigas. Si supiéramos hablar con ella, cuantos consejos nos daría, pues su experiencia recoge gran historia de nuestro pueblo: dime que hago con ésta alegría desbordante?, donde guardo ésta inmensa tristeza que me embarga?. Déjate ver, ya sé que también me volveré vieja y nunca te veré, sólo desde aquí desde mi pueblo continuaré observando hasta tu cerro y veo tu pelo blanco entre la nieve jugando con el viento, ondear por encima del cerro en el azul del cielo.
La Vieja nos invita a conocer el gran socavón que están cavando los humildes hombres de su vereda cerca de Villa Karen, Vereda de Orozco, buscando el tesoro perdido dejado por el Frayle Español venido de Cádiz (España) llamado Nos: José Isabel de las Casas y Toledo; con sus esclavos negros y los indios, corriendo la triste suerte de morir por cansancio, quedando sepultados en su cerro; el tesoro está formado por mucho oro, esmeraldas, rubíes y diamantes."
Por: Judith Araminta Rangel de Rangel
"Mito
y leyenda y un relato inédito acaecido hace pocos años.
Venciendo
el temor y la opinión ajena me atrevo a escribir ésta sencilla crónica
sobre la historia, mitos y leyendas que guarda impasible el célebre CERRO
DE LA VIEJA que aprestigia el hermoso valle de Chinácota.
Es un macizo rocoso en forma de fortaleza o castillo milenario. Sobre sus aristas pasea el sol llenando de celajes de oro las lejanías y en las noches de plelunio bañan como un torrente plateado la imponente mole los suaves rayos de la luna.
Hace exactamente medio siglo tuve la fortuna de fundar la escuela de Palocolorado que demora al pie del citado cerro. De los años pasados entre esas buenas gentes guardo muy agradables recuerdos.
Para mayor comprensión conviene recordar algo sobre la cultura del grupo humano al que pertenecían los antiguos moradores de ésta comarca:
Los chitareros creían en el espíritu puro o fuerza creadora de todo lo existente. Tenían sus adoratorios que eran las lagunas en las cuales adoraban a "Bachué", diosa de la cual descendían todos los hombres.
También adoraban las cumbres y por eso el adoratorio más célebre era el cerro donde también había una laguna misteriosa. Hay mucho que contar pero son relatos incoherentes a los cuales no les concedí importancia y solo me concretaré a referir aquella que me pareció más importante.
Un señor bastante añoso me refirió el siguiente: había en una época no reciente, unos buenos vecinos, amigos bienvenidos que eran muy aficionados a la cacería. De común acuerdo dispusieron aprovechar un día festivo para realizar sus deseos de irse al cerro para traer acopio de venados y otros animales que por ese entonces abundaban en él y cuya carne era muy apetecida. Hoy desgraciadamente esto ha desaparecido por las talas y quemas de los bosques.
Las esposas de los cazadores se dedicaron a prepararles un buen fiambre, gallinas bien arregladas, envueltos de mazorca con su corazón de queso, lengua sudada con papas chorreadas, etc., sendos calabazos con la bebida predilecta, el sabroso caldo e` pata, amén de dos botellas de miche, enviada de esos sumos extranjeros. Ellos por su parte limpiaron muy bien sus pochas (escopetas de dos cañones), revisaron los fulminantes, la pólvora y los balines.
Llegado el día se aprestaron al ascenso del cerro cada uno con sus armas o una bolsa o zurrón, con su apetitoso fiambre. Alegres y esperanzados emprendieron la marcha seguros de traer al regreso las muestras elocuentes de su segura puntería. Después de andar trepando, resbalando, cayendo, por fin llegaron al pié del cerro. Sedientos, hambrientos y cansados, buscaron un sitio especial para descansar, comer y beber. Su delicioso almuerzo y sus continuos besos a los calabazos les hicieron olvidar el cansancio y llenos de entusiasmo empezaron a buscar la deseada presa. No sabemos si el humo del alcohol o el ansia de alcanzar la realización de sus sueños, les hacía contemplar visiones fantásticas, lo cierto es que vieron o creyeron ver una manada de venados y otros variados animales apetecidos por su carne sabrosa, que saltaban como los mejores malabaristas. Paraban un momento en las aristas del la gran roca y al ver que los encañonaban volaban por los aires cual blancas mariposas dejando boquiabiertos a los expertos criadores.
Cansados, estropeados, maltrechos pero tenaces en su empeño fueron distanciándose hasta perderse uno del otro. Llamándose, buscándose, trepando como monos, agarrándose de las salientes de la roca, corriendo mil riesgos no lograron encontrarse. Siguiendo los pasos de uno de ellos lo vemos confundido y temeroso pues también ha llegado el crepúsculo y no encuentra tampoco la trocha o sendero que lo oriente para el regreso.
En esa búsqueda halla algo así como una puerta abierta en la roca que él atribuye a un milagro, ya que él ha rezado cuanto sabía y ofrecido promesas a los santos y a las ánimas benditas para que le ayudaran a encontrar a su compañero. Este fue uno de los momentos más emocionantes de su vida, confuso, asombrado, maltrecho en medio de la oscuridad, avanzó por la misteriosa entrada, se halló en un espacioso corredor donde se apilaban enormes bultos, la oración le infundió valor y andando hasta encontrar una sala o recibidor en el cual se hallaba una señora de mediana edad, tez blanca y ojos verdes y brillantes, que peinaba una abundante cabellera larga y sedosa. Con mucha cortesía la saludó y refirió el motivo que lo había llevado a su presencia y le pidió el favor de darle posada.
La señora le oyó atenta, manifestándole que no le gustaban las visitas, pero que por la necesidad le haría ese favor. Luego lo mandó sentar y le ofreció comida, le dijo que tendría que dormir en la cocina junto al fogón. Así que levantándose buscó la piel de un animal y lo tendió allí, deseándole las buenas noches y se dirigió a su habitación, rendido por el cansancio y a la vez preocupado por los acontecimientos del día, tardó en dormirse. Después de unas horas de agitado sueño, despertó y sintiendo el deseo de realizar una necesidad fisiológica se enderezó y cual no sería su sorpresa, cuando a la luz intermitente que despedían unos trozos de madera que alimentaban el fuego, vió que se encontraba en medio de dos enormes y monstruosas serpientes; quedó como petrificado por el espanto, aturdido, tembloroso, sin poder articular palabra alguna cayó otra vez de espalda, así mas muerto que vivo se quedó quietecito. No sabe si el miedo o el cansancio, lo vencieron; lo cierto es que su sueño se prolongó hasta bien entrada la mañana, en que todo mojado y asustado se despertó y abriendo los ojos desmesuradamente, pudo comprobar que sus gentiles y bellas compañeras habían desaparecido. Se levantó y arreglándose como mejor pudo para disimular sus ropas mojadas se dirigió a buscar a la señora para despedirse y darle las gracias por la hospitalidad.
Al encontrarse, ella le ofreció un pocillo de café y le obsequió un poco de maíz de aquel que estaba almacenado en el corredor, diciéndole que era un recuerdo de su visita. El afortunado le dio las gracias por sus bondades, cuidándose eso sí de hacer referencia a lo sucedido esa noche. Llenó el zurrón que había llevado con las viandas o el avío como se dice en ésta tierra, allí recibió las totumadas de maíz que le obsequió la señora, reiterando los agradecimientos por tantas bondades, el hombre emprendió el regreso al hogar. Pensaba en todos los percances sufridos y más que todo por la pérdida de su compañero, también pensaba en la recriminaciones de su esposa y en las burlas de sus vecinos.
Su esposa vería convertidas sus ilusiones de un suculento banquete, en ropas para lavar y surcir, amén de preparar baños medicinales y buscar la intervención del masajista o sobandero para arreglar las torceduras y enderezarle el esqueleto al esposo.
A medida que avanzaba sentía que sus fuerzas no le permitían sostener el bolso con el maíz, pues sentía que su peso era cada vez mayor, hasta hacerse imposible sostenerlo; sentose a descansar y con curiosidad miró su contenido. Cual no sería su asombro al ver que allí no había maíz sino granos de oro macizo que brillaban a la luz del sol como constelación de estrellas; loco de la felicidad dio por bien empleados los sufrimientos pasados.
El cansancio y la fatiga se cambiaron en la esperanza de un porvenir venturoso, pagar deudas cosa que lo tenía loco "pagar las culebras", comprar una finca, etc. Tanteó cuanto era lo más que podía llevar y se dispuso a enterrar el resto. Buscó su sitio estratégico al pié de un árbol corpulento hizo un hoyo para esconder su tesoro. Feliz y dichoso continuó su marcha pensando en la realización de sus acariciados proyectos: pagar deudas, comprar una buena finca, arreglar y tecnificar los plantíos, edificar una linda casa, comprar todos los implementos necesarios para hacer de su propiedad lo mejor y más productivo; ayudaría en toda obra de adelanto social, etc.
Así lleno de ilusiones y esperanzas regresó al hogar con el pensamiento de volver cuanto antes por la porción que había enterrado.
Volviendo a los sucesos del día anterior les contaré que el compañero extraviado a quién llamaremos Fernando, en la persecución de su corpulento venado blanco, se distanció considerablemente de su compañero, a quien le diremos Horacio, así que no oía los gritos de su compañero, y él a su vez también perdió su rastro. Todo confundido y viendo que oscurecía, buscó afanoso la orientación para descender del cerro e ir a su morada. Por fortuna halló un desfiladero y optó por seguir hasta obtener la dirección deseada, esperando el nuevo día para ir a preguntar a su compañero.
Al día siguiente se encontraron los amigos para contarse las peripecias de la cacería. Horacio se cuidó muy bien de contar a su amigo lo referente al regalo de su señora. Pocos días después procurando que nadie se enterara, decidió traer el resto del tesoro. Cuál no sería su extrañeza cuando al llegar al sitio donde él con tan solícito cuidado creía haber ocultado su tesoro, ni árbol corpulento, ni el más mínimo rastro de tantas precauciones tomadas. El millonario depósito había desaparecido. Por eso dice: "el que guarda, guarda pesares".
En resumen: todo no fue en vano, pues pudo siempre realizar muchos de sus deseos con aquello que logró aprovechar.
Otro episodio que oí contar es el siguiente:
Dicen que la Vieja como toda mujer interesante tiene un ferviente admirador que tiene su habitación análoga a la de su amada.
Es un cerro situado frente a la población de Herrán y pertenece a la jurisdicción venezolana de la población de Delicias. Sus vecinos lo llaman "El Cerro de Narigueto", allí entre el silbido del viento, arrullado por una orquesta que se oye como puntear de bandolas, rasgueo de tiples que diaria y nochemente le regalan los toches, mirlas, paraulatas, etc., que tienen sus nidos entre las tupidas armazones del breñal que cubre las escarpadas salientes de las inmensas rocas, vive el Viejo Narigueto pensando en su amada.
Como todo enamorado, piensa con deleite el momento de hacerle una visita a su amada para rendirle sus homenajes, prepara su visita con un estruendo terrible: truenos, relámpagos, descargas eléctricas dirigidas hacia el cerro de la vieja.
En una de ellas cabalga orgullosamente el enamorado visitante. Ellos departían felices mientras los habitantes vecinos a los cerros eran víctimas de las más terribles y medrosas tempestades que se desbordaban en torrentes y aludes que sembraban el pánico y destruían las labranzas.
Ella correspondía en igual forma a esas visitas con el mismo estruendo. Aseguran también los vecinos que en épocas de ferias y fiestas en Chinácota la encuentran en el camino, levando de cabestro un potro amarillo con sus largas crines y cola que al andar brillan como el oro, así como sus ojos de un verde esmeralda, parecen dar centelleantes reflejos. Lo único raro es que no habla con nadie.
Una señora amiga mía que vive aquí en la ciudad y es digna de crédito por su cultura y prestancia social, me refirió que siendo joven, iba con su señora madre por la vía que conduce a Ragonvalia. Al llegar al alto de Babilonia se encontraron con un señor amigo y les comentó que adelantico de ellas iba la Vieja, que tuvieran cuidado.
Efectivamente a poco andar la encontramos. Que era una señora de mediana edad, alta, blanca, con ojos verdes; como se dice "buena moza", con abundante y larga cabellera que le cubría la espalda. Llevaba un potro amarillo, tal como se describió antes. La saludaron deseándole "buenas tardes" pero ella no les contestó, el potro comenzó a relinchar y la señora le colocó la mano encima y al momento se desencadenó la más furiosa tempestad. Truenos, relámpagos y una lluvia espantosa que las obligó a buscar refugio en la casa más próxima. Ella si es un testigo viviente y veraz que tuvo la oportunidad de conocer a la vieja personalmente sin peligro de referir una aventura novelesca y cualquier día y a cualquier persona puede referirles ese episodio sin ánimo de hacerse la interesante.
La Vieja el célebre cerro en cuya altura se vé brillar como un halo misterioso de leyenda que subsiste desde los primeros tiempos de los aborígenes y que ha pasado a través de los siglos enriqueciendo el folclor con sus aventuras de un prestigio excepcional.
Es centinela y atractivo para los visitantes que aman y valoran bellezas naturales.
Lástima que nadie se preocupó por recopilar éstos relatos que tenían más de fantasía que de historia para alegrar nuestra vida, tan llena de angustia y preocupación, haciendo un paréntesis maravilloso. Ella ha bautizado el ambiente con un nombre, con el canto inmortal, la mística grandeza. Es como el himno perenne de una raza invencible a través del tiempo. Porque Chinácota ha sido y es cuna de aguerridos paladines y de hombres ilustres que decoran con su nombre los anales históricos de la ciencia. De hombres que realizaron y realizan su misión sin desmayos.
Después de cincuenta años volví a esa tierra bendita de Palocolorado, con el objetivo de indagar para recopilar más datos sobre el tema, me encontré con la más grande decepción, pues nadie entre los actuales habitantes sabía nada sobre aquello que yo preguntaba y solo sabían decir que a la Vieja no le gustaba la pólvora, ruidos estrepitosos, ni que le tiren piedra a la laguna, porque se enfurece y se forma una tormenta terrible que llena de pavor a sus vecinos. "dicen que hace poco intentaron unos vecinos arreglar unas cuantas hectáreas de tierra para unas plantaciones y establecer una ganadería; pero más tardaron en empezar el trabajo, que la Vieja en enfurecerse por la intromisión en sus dominios, desatando la más horrorosa tormenta, obligándolos más que de prisa a abandonar su proyecto, que por poco les cuesta la vida, por la torrencial lluvia y los aludes que se despeñaron". Ella cuida su fortaleza no con armas, lanceros o arcabuceros sino con los terribles elementos que tiene a su disposición.
Para terminar les remito un relato que encontré en la monografía escrita por el doctor Pedro María Puentes. En mi humilde concepto, no me parece de acuerdo con los relatos, como el del Cacique Kaipaquema, que se refiere al sitio especial para guardar sus tesoros y que en unión al Cacique Chinaquillo se dirigieron al cerro de la vieja como sitio más seguro, ya que la vieja le ofrecía la más absoluta confianza.
El relato a que me refiero parece mas reciente respecto a los hechos sucedidos en los tiempos de Alfínger. Esta es "Leyenda del Cerro De La Vieja" contada por padres e hijos.
En el cerro de La Vieja vivía una joven humilde y de extraordinaria belleza. En la parte más alta del cerro tenía ésta joven su bohío rodeado de árboles frutales y admirados cultivos. A sus encantos físicos, unía las prendas morales y su religiosidad.
La gente de aquellos entornos la amaban entrañablemente porque en su bondad encontraban la sinceridad de un corazón que participaban de sus penas y alegrías.
Los mercados eran los domingos después de la santa misa, nuestra bella joven nunca faltó a ésta cita, después de los días de trabajo semanal.
Cuando empezaba a subir la montaña aparecieron tres enmascarados que se abalanzaron sobre la indefensa joven con el fin de violar su virginidad.
Ante la angustiosa situación la joven luchó con valentía, invocó a la virgen madre de Dios, la que oyendo la plegaria de la niña, hizo desgranar el más torrencial aguacero, el cual se desprendió de los altos picachos de donde la niña tenía la morada. Los salteadores huyeron llenos de espanto sin volver a tocar el vestido de la joven.
Pasaron los años. El prodigio fue conocido por los mismos asaltantes que se encargaron de dar a conocer el milagro. Cuando la joven murió el cuerpo fue sepultado por mandato en el rancho que le sirvió de morada.
Cuentan que desde esa época, en el cerro existía un extraño fenómeno cuando se quema pólvora, se rompen las capas gaseosas y la lluvia no se hace esperar por la eterna protesta de la anciana muerta en olor de santidad.
La historia de una joven en el tiempo de la colonia, cuando ya había celebración de misa, mercado dominical y las modas y costumbres eran mucho más recientes que los tiempos de la conquista o sea los primeros relatos tradicionales. Esta inquietud la dejo a criterio de vuestro humilde criterio, pidiendo excusas por mi atrevimiento y a la vez agradeciendo sus sabias opiniones.
En mi deambular como maestra por pueblos del departamento tuve la fortuna de poder trabajar en éste querido pueblo de Chinácota donde fundé tres escuelas: Caney, Palocolorado Y El Asilo.
Soy
muy indigenista. Odio las tendencias majaderas de algunas personas que son felices
imitando todo lo extranjero, despreciando la esencia, la verdadera historia de
nuestros antepasados.
Mi honra mi gloria y mi riqueza el haber echado las
bases fundamentales del saber junto con el sentido más sublime de la vida
"ser útil a la patria y a nuestros semejantes, resumen del mandato
divino: Amaos los unos a los otros".
Tomado de: CRÓNICAS DEL CERRO DE LA VIEJA
Recopilación del Coronel
(r) Andrés Álvarez Berbesí. -
Chinácota, Diciembre
de 1991.